Un articulo de Rafael Araujo Armero
Doctor en Biología del Museo Nacional de Ciencias Naturales
Dice nuestro actual ministro de Medio Ambiente que una vez en marcha el Plan Hidrológico Nacional (PHN), ya no se perderá más agua en España. No sabemos bien qué quiere decir, porque no entra en más detalles. No hay que exigir mucho conocimiento a un ministro, y hay que dejar claro desde un principio que, dada su complejidad, el tema del agua está por encima de la mayoría de nuestras entendederas. Pero pese a todo, creo que sí somos muchos los que podemos argumentar en contra del actual PHN con cierto rigor.
Las nociones mínimas sobre el ciclo del agua sí están al alcance de todos, hasta de los ministros, que no deben tener mucho tiempo para leer. Millones de años de transformaciones geológicas han derivado en un entramado de ríos y masas de aguas repartidos por nuestro planeta, que de uno u otro modo, se vierten al mar formando ecosistemas tan complejos como los deltas y estuarios, hoy tan olvidados. Baste recordar, en cuanto a los primeros, la progresiva degradación del delta del Río Nilo, una de las desembocaduras naturales mayores de la tierra, tras la construcción de la gran presa que lo ha regulado en Asuan. Pero continuemos con el ciclo general del agua; será el fenómeno de la evaporación el que haga ascender las aguas, no hay nada milagroso en ello, que de este modo viajarán cayendo en forma de precipitaciones para de este modo volver a sus cauces. Esta simplificación del proceso hidrológico asume que no se hayan producido talas salvajes de bosques, desaparecido los sotos de ribera de los ríos, alterado los flujos naturales de agua, e incrementado de forma desmedida las emisiones de CO2 que alteren las precipitaciones, en fin, asume tantas cosas que ya casi es una entelequia. Pero eso no implica, y hablo ahora de nuestro país, que se deba destruir lo poco que nos queda, que se siga alterando el ciclo hidrológio a nuestro antojo, que se embalsen los pocos ríos con flujo natural de agua y que se cruce la península de autopistas de agua con el falso argumento de la solidaridad entre cuencas excedentarias y cuencas deficitarias. Recientemente, Javier López Linage (Le Monde Diplomatique, 9 de octubre de 2000) nos recuerda que la génesis natural de la Península Ibérica ha desembocado en dos territorios bioclimáticos muy distintos, la España seca, mayoritaria, y la húmeda, y concluye que no debemos ser tan deterministas como para sujetarnos férreamente a estos límites dados naturalmente, pero tampoco tan insensatos como para predicar una despreocupación total de los mismos. Habla este autor en su artículo, armado de proverbial certeza, de la proliferación de campos de golf, del desarrollo agrícola ilimitado y sin recursos, y de la falta de planificación en la distribución espacial de la población en el sureste desértico, receptor de ese trasvase de más de mil hectómetros cúbicos que da forma al PHN. Parecen ser temas del máximo calado y urgente atención anterior a un trasvase de inexistentes excedentes hídricos de otras cuencas.
El siguiente dato es también clarificador. Dicen desde el PP que cuando el PSOE mandaba elaboró un Plan en el que se trasvasaba el agua con la misma alegría que con el actual PHN, y que ahora, desde la oposición, plantean una filosofía completamente diferente, y es cierto. Si atendemos a las sumas de dinero que mueven estos planes, estos trasvases y cambios artificiales de los cursos de agua gracias a obras hidráulicas de gran envergadura, podremos entender, creo, el cambio sufrido por nuestros antiguos gobernantes. Una cosa es la razón, y otra muy diferente el dinero. A estas alturas ha quedado ampliamente demostrado que ningún gobierno, y no me refiero sólo a España, puede mantenerse sin el apoyo del capital, del capital a lo grande, y durante las últimas décadas este gran capital se ha concentrado, entre otras, en empresas constructoras, empresas que piden su parte una vez el grupo político al que han apoyado se encuentra en el poder. Quizá sea por esta razòn que el PSOE propusiera un plan de enorme inversión, y ulterior beneficio para esas constructoras, y hoy, fuera del poder, apoye planes más modestos y ecológicamente sostenibles. Una vez plasmada esta argumentación, que no indica gran cosa sobre la catadura moral de los políticos, siempre más atentos a sus mentores que a sus votantes, no quiero seguir por el pantanoso camino de las descalificaciones y sí aportar alguna solución al problema del agua, trayendo a colación una serie de opiniones que sobre este tema han aparecido en diarios nacionales e internacionales y a los que no se les ha prestado la menor atención.
Existen varios engaños tras las justificaciones del PHN, principalmente el de ocultar la urgente necesidad de una reordenación sostenible en la distribución y uso de las aguas peninsulares. En vez de iniciar este proceso de racionalización, mucho más barato sin duda, se nos obliga a aceptar una política basada en obras hidráulicas faraónicas que tan beneficiosas son para los grupos gobernantes. Pero además, se nos pretende convencer de que una política de embalses, de enorme repercusión ambiental y social, costes billonarios, y condición sin e qua non para la distribución de las aguas propuesta en el PHN, será beneficiosa no sólo para la seguridad del país, sino para un mejor futuro hidrológico. Esta argumentación, por jugar con un tema de tanta trascendencia como es la seguridad de las personas, requiere un análisis más profundo. Comenta el catedrático Narcis Prat (Heraldo de Aragón, 7 de junio de 2000), que un río canalizado hace que las avenidas tengan peores consecuencias aguas abajo, y siguiendo con las aportaciones del estamento científico, tan ninguneado en este PHN, una detallada lectura del libro del profesor Ollero Ojeda (El Curso Medio del Ebro, 1996) nos hará ver cómo una sucesión interminable como la que se ha realizado, tanto en el tiempo como en el espacio, de obras de contención de un río como el Ebro, es una carrera a ninguna parte dado que el río nos pedirá, un día u otro, lo que le hemos ido robando. Y de aquí mi siguiente planteamiento: el crecimiento de barrios, poblaciones o asentamientos urbanos en el área de inundación de los ríos (aquélla marcada por las máximas avenidas en los últimos cincuenta años), es una bomba de relojería que nunca dejará de estar activada. Y una solución: quizá una inversión, tan cara como necesiten los gobernantes que en ese momento detenten el poder, en la traslocación de dichos asentamientos, pueda ser más efectiva que intentar contener un curso de agua que se empecina en ser más poderoso que nosotros. Pensemos además en la repercusión social y ecológica de los embalses, por cierto cada vez mas discutidos en los foros científicos. Quiero recordar ahora las palabras de Jose Manuel Naredo en Le Monde Diplomatique (9 de octubre de 2000): ...tras un siglo de grandes obras hidráulicas promovidas por el Estado, no se ha conseguido satisfacer las exigencias de agua de la población, ni erradicar los efectos nocivos de la sequía, pero sí deteriorar gravemente la hidrología superficial y subterránea del país... Déjenme añadir que además, no hemos conseguido terminar con los problemas de seguridad de las poblaciones, de ahí la poca efectividad de las obras humanas ante los desbordamientos de los cursos fluviales. No son pocos los que, una vez conocido el "éxito" de tanto embalse (España detenta el dudoso récord mundial de ser el país con mayor superficie de agua embalsada) abogan por unos ríos más naturales en los que los bosques y sotos de ribera contribuyan a la contención de las aguas desbocadas temporalmente, al tiempo que, como dice Prat, mejoran su calidad.
Decía el ingeniero Don Manuel Díaz Marta, uno de los últimos ilustrados españoles y gran conocedor de nuestras obras hidráulicas, que su trabajo incidía sobre algo tan delicado como es la corteza terrestre, a la que debemos un respeto casi religioso. Una revisión profunda de las redes de suministro de las aguas, que impida las pérdidas y mejore los aprovechamientos, debería ser anterior a una inversión de miles de millones de pesetas en obras de incierto futuro y enorme hipoteca medioambiental.
En cuanto a las llamadas cuencas deficitarias, en su mayoría agotadas por una proverbial falta de previsión, donde verterá el trasvase planificado, parece que es llegado el momento de racionalizar el urbanismo desbocado y el uso y gasto de agua antes de seguir inflando el globo. En pocos años veremos como el turismo, por pobre que sea, de la espalda a ese balneario ficticio en el que se está convirtiendo el levante español.
Quizá parezcan ideas políticamente incorrectas, pero en mi opinión lo reconocidamente correcto no funciona, al menos para una parte cada vez más amplia de la población (recuerden las macro manifestaciones contra el PHN). Antes de pensar en algo tan simple como la obtención de grandes beneficios (¿para quién?) ligados a la realización de enormes obras faraónicas que solamente retrasan el problema, utilicemos la razón que tan buenos resultados ha dado las pocas veces que la hemos puesto en funcionamiento.
