La fiebre del barro

Hace unos días un buen compañero se puso en contacto conmigo para decirme, con gran entusiasmo, que había encontrado numerosos restos de ánforas. Debo confesaros que todavía no había tenido la ocasión de visitar un pecio tan antiguo, por lo que a la semana estaba ya en el agua con él.
Increíble, los restos se extendían sobre una superficie rocosa en la orilla de una concurrida playa, reliquias milenarias entre bañistas en bikini. Jamás se me habría ocurrido que la primera vez que contemplara in situ objetos de más de mil años, fuera en semejante escenario.
No fue nada fácil distinguir la cerámica entre la vegetación de nuestro Mediterráneo, tras más de dos horas de desesperación, mientras mi compañero me mostraba sonriente hermosos fragmentos de cuellos y asas de ánforas, logré encontrar la primera. Consistía en un trozo de panza con el extremo roto de un asa. Su situación, tan cercana a la orilla, y la acción mecánica del mar habían reducido a fragmentos la carga del pecio, diseminándolos por todo el frente de la playa en una extensión de un kilómetro. El mar, en su interminable purga de los desechos generados por los humanos, los había hecho propios.

Imagino a unos ficticios arqueólogos del futuro excavando capas de envases de plástico, quizás un par de milenios después de que los humanos casi hayamos acabado con nosotros mismos. Qué vergüenza siento al pensar que asociarán nuestra civilización con teléfonos móviles fósiles, botes de "Mister Proper", trillones de bastoncitos para los oídos o unos misteriosos bidones que si se abren todavía tienen una radioactividad más que peligrosa. Se preguntaran:¿qué especie suicida concibió la idea de verter tales venenos al mar?.

Conjeturo que podrían atribuir tales comportamientos a algún culto perdido en la noche de los tiempos, tal vez a un sacrificio ritual. No sin más los inicios de la arqueología subacuática se hallan ligados a pruebas sobre tales prácticas, en concreto a los mayas y sus sacrificios humanos. A principios del siglo XX el arqueólogo norteamericano Edward H. Thompson en el célebre Cenote Sagrado de Chichén Itzá, México, comenzó la investigación arqueológica subacuática. Thompson se sumergió innumerables veces para bucear en solitario en el fondo del cenote, una capa de lodo de 10 metros de espesor a ­13m de profundidad. A comienzos de 1900 encontró huesos humanos pertenecientes a una muchacha de 12 a 16 años de edad, hecho que ya probaba tal tesis. Y en 1903, tras ayudarse de técnicas sencillas de dragado, logró sacar numerosos huesos humanos, objetos de jade, cobre, ébano, navajas de obsidiana, armas ornamentales y hasta fragmentos de tejidos antes desconocidos tal como se nos explica en la Enciclopedia Libre Universal en español.
Nuestros antepasados mayas, practicantes de tales ritos, justificaban sus acciones en base a sus creencias, ley suprema que movía a cualquier civilización. Nosotros en cambio articulamos los futuros restos arqueológicos en base a nuestra cultura consumista. La verdad es que nadie en su sano juicio, será capaz de imaginar que todo esto lo hacemos conscientemente, a sabiendas de qué estamos acabando con nuestro planeta.

Volviendo al mar y a la actualidad, mientras sostengo entre mis manos este envase de hace unos milenios, pienso en lo verdaderamente ecológicas que han sido las civilizaciones antiguas con el medio ambiente. Por supuesto el desconocimiento de materiales indestructibles, ha posibilitado que la tierra y el mar hayan vuelto a convertir en prácticamente polvo todas los objetos fabricados por entonces. Sin embargo los trabajados en metal o los construidos en cerámica, piedra, hueso y demás materiales conservados en buen estado son el vestigio de culturas que nos permiten recomponer el gran rompecabezas que es la historia de la Humanidad.
Reconozcamos el papel jugado en nuestro país durante la época incipiente de nuestra arqueología subacuática, los años 60 y 70, por los patronatos de arqueología submarina y por las iniciativas de clubes de buceo y submarinistas aficionados. Sin embargo hasta una década después no surgieron las primeras instituciones oficiales dedicadas a la arqueología subacuática, como el Centro y Museo de Investigaciones Arqueológicas Subacuáticas dependiente del Ministerio de Cultura. Con el paso del tiempo esta disciplina se ha ido nutriendo en nuestro país de profesionales. Actualmente la oferta formativa pasa desde el mundo universitario, en Universidades como Zaragoza y Barcelona, y como parte de sus planes de formación, hasta cursos específicos impartidos por clubs de buceo para profesionales y aficionados.

Restos de ánforas pescadas al arrastre sobre la cubierta de un pesquero. Baleares 1995 © by Toni Romero 1995

A todo esto, sigo sosteniendo en mis manos, ese trozo de historia, mientras nado de acá para allá, ya poseso por la fiebre del barro. Esa fiebre que ha atacado a todos aquellos que sienten el deseo de poseer un pedazo de historia. Me cuesta mucho imaginar cómo poder controlar el impacto emocional al hallar un nuevo yacimiento. El deseo irresistible de averiguar que sucedió allí, limpiar catalogar y realizar en suma una labor detectivesca, en torno a un lugar donde sucedió un drama hace siglos. Eso es lo que es un pecio antiguo, un lugar donde la gente ha sufrido de alguna manera, pereciendo en el siniestro, yendo a la deriva o ahogándose después del naufragio. Las barcos no se hundían entonces para bucear, aunque históricamente sí se han hundido buques para imposibilitar el paso a otras embarcaciones.

La cerámica del ánfora es dura como la piedra. Esta cubierta de concreciones, balanos y gusanos tubo. En el fondo no se diferencia de nada a las rocas de alrededor. Entre densos algares de la verde Dyctyota dichotoma, algunos fragmentos marrones de pequeño tamaño, son arrastrados por la mar de fondo. Tomo uno con mis manos y veo que tiene el mismo color que los ladrillos utilizados hoy en día y que encuentro a veces bajo el mar. Pero qué diferencia tan notable entre un fragmento de asa y una tochana con restos de cemento. En el asa se conservan la huellas de los dedos del artesano, su firma que ha perdurado a través del tiempo. El ladrillo, perteneciente a la época de la estandarización, clon entre millones y sólo basura por los tiempos de los tiempos.
Pero el mar con su infinito amor, no hace diferencias. Como muestra de una honradez a toda prueba, incorpora a su seno a todo el mundo y sin diferencia de razas, credos u opiniones.

Así pues, en el agua cálida de nuestro Mediterráneo, nadando entre una verde y esplendida posidonia en compañía de mi amigo, pongo proa a mar abierto para devolver al mar, lo que ya es del mar. Esquivando a las motos de agua, intento llegar a un lugar donde el ánfora halle un sitio tranquilo donde pasar otro par de siglos por lo menos, con la esperanza de quien lo encuentre sea otra alma gemela que lo deje de nuevo en el sitio.
Por la noche, en un bar encuentro a las hermanas de mi amiga ya sepultada en el acogedor azul. Están instaladas a modo de portalámparas, ante la indiferencia de clientes y habituales. Mi amigo me mira y sonríe. Preguntamos al barman sobre el origen de tan original modelo de iluminación, la respuesta es clara y simple: todo el pueblo posee fragmentos o ánforas enteras. Se extraen desde siempre, incluso nos hace comentarios a cerca de determinado pecio, todavía por saquear a causa el desmesurado tamaño de sus ánforas de más de un metro de diámetro.

Así es la vida, no queda nada por descubrir. Sin embargo el conocimiento de las personas que viven al lado del mar, sigue siendo información reservada a causa de su no posible saqueo con los medios actuales. Una verdadera lástima, si se pusiese esa información en conocimiento de los profesionales, podríamos saber más cosas sobre cómo vivieron y cómo murieron esos marinos anónimos que dejaron su vida en nuestras aguas. Creo que lo más humano que podemos hacer por ellos, es dejarlos descansar en paz. Solo violar esos lugares utilizando técnicas adecuadas, lo menos destructivas posibles y ejecutadas por los profesionales de la arqueología subacuática. Así sabremos el final de ese pequeño drama, siempre que las pruebas de lo que sucedió sigan ahí todavía.

Un simple detalle de las formas de actuar del saber popular que parece minúsculo si los comparamos con actuaciones más graves y preocupantes, en línea de los cazadores de tesoros. Nombrar a Robert Ballard, es hablar de expediciones arqueológicas submarinas, el Titanic (1985), el acorazado Bismarck (1989) hundido en 1941 o los restos del El Lusitania, hundido por los alemanes en mayo de 1915. Pero no todos aplauden sus actuaciones, han surgido críticas sobre su labor en el Mediterráneo, a modo de ejemplo, en referencia a que contó con la ayuda de un submarino nuclear de la armada norteamericana en sus excavaciones, fruto de la presión de los poderosos. Este controvertido personaje defiende la promulgación de leyes internacionales para la protección del patrimonio histórico submarino y opina que los restos de los naufragios deben quedarse en su sitio.

Por fortuna las iniciativas legislativas del Estado y de las Comunidades autónomas se han preocupado por la protección del patrimonio arqueológico submarino, aunque según los expertos se requiere de un tratamiento más específico para la arqueología subacuática, por su propia idiosincrasia diferente de la terrestre. Opciones como parques arqueológicos submarinos visitables son parte de la oferta de buceo, y quién sabe si dentro de unos años nuestro referido pueblo de las ánforas contará con un museo sumergido dedicado a tales recipientes. ¿Pero realmente a nosotros, los profanos, qué nos seduce, su valor económico o el legado histórico que encierran tras de sí?.

Deciros al respecto que están en marcha campañas de concienciación sobre el patrimonio histórico y cultural que encierran nuestras aguas, por parte de los organismos oficiales, que se encargan del seguimiento de tales hallazgos, a veces fruto del azar. Aunque en este caso, es nuestro deber reconocer que no es más que un cuento sobre un pueblo fantasma que quizás sí alguna vez fue o será realidad.

© by Toni Romero 2002 - Serveis Integrals Subacuatics, S.L.

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