Los arquitectos del océano.

De la infinita variedad de invertebrados marinos que existen puede que los más conocidos sean los corales. Allá por los años 50´ Cousteau nos descubrió los exuberantes jardines de coral conduciéndonos por las sorprendentes aguas de lugares como Aldabra o el Mar Rojo, al hilo de fantásticas filmaciones como su oscarizada "El Mundo del Silencio".
Por otra parte, aunque estén en receso, estos incansables constructores de arrecifes son extremadamente fáciles de observar en cualquier mar tropical. Provistos de un equipo ligero de apnea, no tendréis dificultad alguna para nadar entre las grandes formaciones de los arrecifes del Caribe o el Pacífico.

Los corales son animales, no vegetales. Están compuestos por colonias de pólipos de pequeño tamaño. Su esqueleto se fija al sustrato sirviendo de soporte para la siguiente generación de pólipos, las sucesivas capas generacionales determinan el ritmo de crecimiento de la formación. Sus diminutas dimensiones y su longevidad establecen esta certera y pausada renovación de la especie, así como las dimensiones de la colonia.
Sin embargo, no debemos pensar que la labor de estos minúsculos seres es broma. La estructura de crecimiento de los corales es también la causante de la formación de islas y atolones así como de la producción de arena.

Todo esto en cuanto a aguas tropicales, sin embargo en las aguas más frías y oscuras del Mediterráneo podemos hallar también algunos representantes de estos tenaces invertebrados. Aunque su menor envergadura les priva de su papel de constructor de islas no dejan de ser exuberantes con sus colores y formas.
En los trópicos los corales viven en simbiosis con algas que les dan su color característico. Para que el alga pueda realizar la fotosíntesis necesita luz, por lo que sólo se mostrarán en todo su esplendor cerca de la superficie o en zonas con aguas muy claras. En cambio, casi todos los corales que hallamos en nuestras aguas están en zonas esciófilas, es decir donde sólo llega un 5% de luz solar. Además su color no siempre se debe a tal cohabitación, el coral rojo (Coralinum rubrum) adquiere su coloración característica por el tono de su esqueleto, que efectivamente es rojo, al contrario de sus pólipos que son blancos.

El coral rojo era conocido y pescado por los romanos, añejo objeto de culto cuyo valor ha ido siempre parejo al del oro. En los años 60´ existió una verdadera "fiebre del oro rojo" en las costas catalanas. El descubrimiento de grandes colonias de Coralinum rubrum que tapizaban las cuevas de Les Medes y la costa del Montgrí, fue seguido de una pesca masiva hasta casi lograr el exterminio de la especie. Basta con echar un vistazo a los archivos fotográficos de la época para encontrarnos con imágenes de buceadores ostentando ramas de coral de varios centímetros de espesor. La creación de la Reserva Marina en Les Medes ha permitido mantener en las islas una interesante y variada muestra de corales. Una curiosidad, en una tienda especializada en objetos de coral rojo de L'Estartit tienen en exposición algunas ramas de Coralinum rubrum realmente espectaculares.

Dendrophylia ramea © by Toni Romero 1998.

Pero no sólo hallamos coral rojo en el Mediterráneo, podemos encontrar entre otras el espectacular Dendrophylia ramea. Estas formaciones que alcanzan hasta los 40 ó 50 cm. de altura, tienen un característico color amarillo en el tallo junto al blanco de sus pólipos. Estos son de gran tamaño, según tengo entendido de los más grandes del Mediterráneo, y se hallan entre los ­ 25 y ­ 100 m. Son víctimas propicias de los arrastreros, su acción deja tras de sí formaciones totalmente arrasadas, una auténtica alfombra de ramas esparcidas por el fondo. Es una verdadera lástima, ya que sólo encontraremos formaciones enteras y de dimensiones notables en zonas donde ya no tienen acceso las artes de pesca como Punta la Mona, en La Herradura (Granada). Por cierto el Dendrophylia ramea podéis observarlo también en las Canarias.

Esqueleto de Madrépora Mediterránea (Cladocora cespitosa).

Otra formación relevante es la Madrépora Mediterránea (Cladocora cespitosa). Como su propio nombre indica vive en las aguas del Mare Nostrum en formaciones esféricas que llegan a alcanzar los 60 cm. de diámetro, aunque hoy en día es muy difícil encontrar colonias de más de 15 cm. Cada pólipo aparece unido a un tallo de varios centímetros y a pesar de su no muy vistoso color marrón, constituyen un apreciado modelo para los fotógrafos sub. Viven a profundidades a partir de - 10 m.
En la costa de Andalucía descubriremos también otras colonias de pólipos especialmente llamativas, en este caso las de Astroides Calycularis. Estas vistosas colonias se asientan desde prácticamente la superficie hasta profundidades de - 50 m. Su color es lo que más nos llamará la atención, un rabioso tono naranja que se manifiesta bordeando la orilla del mar, siempre que exista un sustrato rocoso donde fijarse.

Astroides Calycularis .

A diferencia de éstos, los pólipos incrustantes amarillos (Parazoantus axinellae) sólo se observan en zonas esciófilas, formando enrevesados tapices de millares de ejemplares. Son de color amarillo anaranjado y se sabe que llegan a vivir hasta 10 años. El Parazoantus se halla en toda la costa desde Tarragona hasta Mónaco, aunque también localizamos colonias en el Cantábrico (Zarautz).
Existen también pólipos solitarios, como la Balanophylia europaea de 2,5 cm de ancho y de hasta 2 cm. de altura, que se extiende sobre las rocas a partir de ­ 1m. Es un pólipo muy robusto dotado de unos gruesos labios que esconden hasta 80 tentáculos. Invertebrado que podemos encontrar fácilmente en apnea y de inequívoca identificación por su forma característica y su gran tamaño.

Leptosamia pruvoti y Balanophylia europaea.

La Leptosamia pruvoti se halla en solitario o en pequeños grupos, siempre en zonas esciofilas, alcanzando los 8 cm. de altura y en profundidades de ­ 10 hasta ­ 50 m. La Leptosamia es uno de los pólipos más bellos del Mediterráneo, es especialmente abundante en las cuevas y repechos en compañía de otros pólipos, como el Parazoantus, y esponjas como la Clathrina o la Axinella, lo que nos permite gozar de caóticas composiciones cromáticas.

Por último, hablaremos del Coral Negro (Antipathes subpinnata) del que puedo deciros que los únicos fragmentos que han caído literalmente en mis manos, procedían de un arrastrero en Menorca que faenaba a profundidades de - 200 m. El coral negro posee un tacto inconfundible, suave, elástico y siempre está recubierto de una sustancia pegajosa. Se halla en formaciones de hasta 1 m. de altura y es extremadamente sólido, hasta la actualidad sólo se ha documentado la sustracción de cinco ejemplares enteros, ramas de varios metros pescadas en el Adriático.

Los corales, en las diversas variedades que pueblan nuestras aguas, son extremadamente sensibles, sus delicados pólipos no deben tocarse y mucho menos recolectarse. Debemos proceder con sumo cuidado al admirarlos, recordando siempre que su belleza sólo perdura en su medio. Si los sustraemos se convierten en un vago recuerdo de su exuberancia, fútil tarea con la que sólo habremos atesorado una destrucción inútil de seres, que como en el caso del coral rojo, llegan a vivir hasta 100 años.
Aún en la abundancia de los mares cálidos, donde se pueden recolectar con suma facilidad, debemos comportarnos por igual. Los corales han sido los responsables de crear maravillas sumergidas como la Gran Barrera Australiana, o los Roques de Venezuela, han cimentado todos los atolones de nuestro planeta y forman una biomasa de millones de toneladas. Sin embargo son muy sensibles a los cambios de temperaturas y a los contaminantes vertidos al mar, su delicado equilibrio puede verse resquebrajado por la a menudo sutil acción humana.

Rindamos pues homenaje a esos seres diminutos que son los pólipos, los arquitectos del océano.

© by Toni Romero 2002 - Serveis Integrals Subacuatics, S.L.

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