
No es corriente tener la posibilidad de bucear en el interior
de un puerto de grandes dimensiones. Como sabréis es norma
que sólo se pueda realizar inmersiones de tipo profesional
en estas áreas de gran tráfico de embarcaciones
y mercaderías, lo que impide el acceso a los posibles curiosos
buceadores atraídos por lugares insólitos.
Debo decir que mi afición por los puertos no sólo
es reciente sino que viene de lejos. Desde siempre me ha atraído
la posibilidad de sumergirme en los lugares más insospechados
o poco usuales. También me ha movido la curiosidad de averiguar
si en lugares con mayores posibilidades de contaminación
la vida marina llega a adaptarse o a sucumbir ante la presión
de los humanos. En suma por causa de mi trabajo o por pura curiosidad,
he buceado en lugares tan desagradables como salidas de emisarios,
puertos de puro lodo anóxico o tomas de agua en ríos
de aguas turbias. En ellos lo habitual es bucear entre tinieblas,
sin embargo he llegado a sorprenderme al encontrar algunos de
ellos ciertamente extraordinarios por causa de su misma naturaleza.
El hormigón ha sustituido las rocas o el cascajo como sopote
de la vida bentónica, dando lugar a un paisaje artificial
y con una luz muy particular.
En estos últimos meses he estado dedicado plenamente al
buceo en áreas portuarias, concretamente en el interior
del Puerto de Barcelona. Al margen de los motivos profesionales
por los que he tenido acceso a estas restringidas áreas,
he intentado también plasmar en imágenes el insólito
espectáculo que mis ojos han estado contemplando últimamente.

Lo que más llama la atención es la cantidad de inusitados
objetos que encuentro habitualmente. Recuerdo en particular las
numerosas bicicletas que afloran del fino limo del fondo marino.
Con aspecto de haber llegado al final de una carrera imposible,
yacen recubiertas de gruesas capas de biomasa compuesta por miles
de poliquetos. Curiosamente me enteré de la historia de
una de estas bicicletas sumergidas. Un tripulante de un buque
oceanográfico atracado en el Maremagnum, me relató
la increíble historia de una mujer que llegó a toda
velocidad por el muelle y cómo viéndose imposibilitada
para girar al acabarse éste se precipitó a todo
vapor en las aguas del puerto. El marino solo tuvo que lanzar
un salvavidas para izar a esta inglesa amante de las emociones
fuertes.
En otro sector, una terraza completa arrastrada por un temporal
de levante reposa a la espera de unos clientes que nunca llegarán.
Las sillas de plástico, ligeras hace tiempo, se muestran
macizas y pesadas a causa de una capa de pequeñas ostras
y mejillones que las han convertido en aptas sólo para
el uso de un fakir. Las mesas inclinadas y sumergidas parcialmente
en el lodo, jamás podrán sostener nada en su colonizada
superficie, ninguna copa o tapa volverá a ser consumida
a su alrededor. Como olvidados por la humanidad estos muebles
han pasado a formar un decorado surrealista, que nadie ya podrá
contemplar jamás.
Los carritos de supermercado son una aparición poco usual
en el lecho marino. Ignoro cómo habrán llegado hasta
este lugar y qué carga transportaban. Se me hace imposible
pensar que los haya arrastrado el viento cargados con innumerables
latas de berberechos (curiosa manera de volver al mar), o de la
existencia de un maniaco especializado en convertirlos en pecios,
ya que eso son en la actualidad.

Las acumulaciones de runas procedentes de diferentes reparaciones
en la obra viva de los muelles, conforma diferentes hábitats
para las innumerables especies de peces que se arremolinan a su
alrededor. Sargos, doradas lubinas, salpas y lisas son las especies
más abundantes en estas aguas. Suelo apostarme en algún
ángulo muerto donde pueda observar a los peces y sus interacciones,
llegándome a encontrar varias veces con un mero de unos
7 Kg. que siempre huye dejando un rastro de limo.
Las estructuras de hormigón que sustentan los enormes pantalanes
o los muelles voladizos, albergan una enorme biodiversidad de
moluscos, crustáceos y poliquetos. Estas enormes superficies
sirven de sustrato donde adherirse a multitud de especies. Los
mejillones en estos puntos son de gran tamaño, alcanzan
hasta los 10 cm. Tan grandes como tóxicos, estos bivalvos
viven filtrando continuamente el agua rica en material en suspensión.
Su numerosa población es la causante de la regular visibilidad
que hallamos en áreas donde el Mytilus galliprovincialis,
forma vastas e interminables colonias.

Por desgracia para ellos, su exuberancia es su perdición,
llegando a colapsar toda cadena, cabo o boya que esté sumergido.
Las boyas acaban hundiéndose a causa del peso acumulado
en la obra viva, por lo que se hace necesario la eliminación
de tal masa proteínica. En las labores de limpieza, es
habitual que nos encontremos envueltos de cardúmenes de
sargos, lubinas o jureles que se abalanzan ante este inesperado
banquete. Entre los mejillones hallamos los intrincados tubos
calcáreos de la Salmancina implexa, nereidos como
el Eunice torquata o equinodermos como la estrella de capitán,
Asterina gibbosa, y el erizo común, Arbacia lixula.
Toda esta colonia es destruida una o dos veces al año,
para alegría de los peces que viven en estas increíblemente
pobladas aguas.
En las guías, los cabos utilizados para amarrar embarcaciones,
sólo encontramos patatas de mar (Microcosmus sabatieri)
y la inevitable Salmancina Implexa, además de algún
mejillón. También las embarcaciones que permanecen
amarradas son pasto de este clan de imparables colonizadores.
Para consternación de los navegantes, la proliferación
del "fooling", es una verdadera pesadilla. Hélices,
cascos y tomas de agua son colapsadas sin remedio, de modo que
consiguen imposibilitar la navegación, llegando a acumular
hasta varios cientos de kilos en embarcaciones de media envergadura
en un año.

Toda esta masa de invertebrados filtradores, hacen posible
una mínima visibilidad en algunas áreas, permitiendo
la observación de un briozoo muy común en el interior
de puertos y diques. La especie Zoobothyron verticillarum forma
penachos ramificados que cuelgan simulando una especie de bosque
durante el verano (de junio a septiembre), ahí hallan cobijo
las habituales anguilas. Estas son de 1 m. de largo aproximadamente
y se divisan apostadas entre las arborescencias a la espera de
posibles presas. Su distribución va desde la superficie
hasta los 10 m., siendo claramente esciófilas ya que
la luz les llega de un modo siempre difuso a causa de la materia
en suspensión de la que se alimenta.
Pensemos ante todo, que esta abundancia de especies no implica
que sean comestibles. Esta agua tienen detritos de más
de 50 años de vertidos de las alcantarillas, al que se
suman las procedentes del actual alcantarillado barcelonés
( del excedente de pluviometría). Cuando llueve fuerte
en la ciudad, el exceso de agua que no puede ser absorbido tan
rápidamente por las conducciones se vierte al puerto por
varios sobreseidores, de modo que se produce una disminución
considerable de la salinidad y un aumento significativo de metales
pesados procedente del agua de lluvia.
Todo esto nos dice que la vida marina en el interior de un gran
puerto es muy compleja. Las estaciones y los ciclos de las especies
que allí viven siguen inexorablemente las leyes de la naturaleza
y a pesar de los contaminantes y alteraciones que aporta diariamente
el ser humano, se resisten a abandonar un espacio aunque éste
se haya desnaturalizado.
Obviamente, la presencia de las especies oportunistas (algunas
de las descritas lo son) es abundante, sin embargo sigue maravillándome
el poder de adaptación de la naturaleza y que éste
se manifieste en un espacio tan cercano. La presencia y observación
de pelágicos como el espetón, la belona o las serviolas,
son la puntilla final a esta reflexión sobre una pregunta
que a todos nos ha venido a la mente en algún momento mientras
paseábamos por el puerto de Barcelona a bordo de las Golondrinas,
-¿Qué habrá ahí abajo?
