Dr. ROMERO IN THE WORLD - EL INVIERNO EN EL MONTSIA

La época invernal nos da una nueva oportunidad de visitar esta comarca del sur de Catalunya, a la cual llevamos dedicando varios artículos en el boletín de fotosub.org. Como sabréis esta situada en la provincia de Tarragona lindando con la comarca del Baix Ebre (margen izquierdo del delta del Ebre), la provincia de Castelló al sur y a Teruel al oeste. Como siempre partiremos de Freginals, en un recorrido a través de la Serreta de Freginals, una pequeña cadena montañosa situada entre el Montsià y la Serra de Godall.
Esta es una estribación del noroeste de la sierra del Montsià, con una superficie de 170ha de las que un 30% son propiedad pública. Por su posición aislada respecto al Montsià y desde su cima situada entre los 210 y los 240m podremos observar unas magníficas vistas panorámicas.
El nombre de Freginals deriva de la palabra 'farraginal", como señala uno de los primeros documentos medievales referidos al lugar donde se establecían los límites del territorio para pastoreo concedido al los "hòmens de Ferreginalç" incluyendo a la Serreta en los límites de este espacio de uso común. Su paisaje ha sido remodelado durante siglos por la actividad humana, pastoreo, leños para los hornos, la artesanía del palmito para capazos y escobas, la caza, las explotaciones de la piedra.
Al contrario de lo que podáis imaginar, estas tierras situadas a pocos kilómetros de nuestro bien amado Ebre, son tierra de secano. La olivera es la reina de todos los cultivos ganados al monte, durante décadas de esfuerzos de acarrear piedras y tierra para formar los innumerables bancales que han contenido a estos árboles y que han proporcionado una cosecha de aceitunas. Estas, transformadas en aceite, denso y sabroso, ha sido siempre el principal cultivo mediterráneo.
En la actualidad los cítricos están desplazando a los olivos. Están comiendo tierra tanto al secano como al maquis, esa vegetación áspera y rala, que sirvió de apelativo a la gente que huyó al monte durante la Guerra Civil. Los "maquis" fueron pues los que lucharon e intentaron sobrevivir a la represión en un medio inhóspito y seco, gracias a su gran conocimiento sobre el terreno.
Pero hoy en día, la acción humana transformando los tradicionales cultivos y sus alrededores.. Los tejones, zorros, jabalís, liebres y conejos, deben cruzar carreteras, sembrados, vías de tren y demás sutilezas humanas, para acceder a diferentes áreas de alimentación o reproducción. Sin embargo la Serreta de Freginals ha conseguido mantener su biodiversidad, con la disminución de la actividad tradicional el espacio público y de uso común se han transformado en zona para el ocio, excursionismo, educación medioambiental, conservación del patrimonio. De hecho fue incluida en el año 1992 en el Plan de espacios de interés natural de Catalunya, por la representatividad de sus ecosistemas de carácter mediterráneo, de hecho es una estampa a apequeña escala del medio natural, físico y humano de la sierra del Montsià.

Recientemente se ha inaugurado un recorrido interpretativo del Serreta de Freginals, y entre sus diferentes propuestas, un itinerario trazado para acceder a la barraca de Quicolis que comunica con el de la propia serreta formando un circuito cerrado que empieza y finaliza en el pueblo.. Saliendo por la cooperativa Agrícola de Freginals, seguiremos un camino en dirección este hacia el Montsià. Llegados a la Serreta, giraremos hacia el norte y hallaremos una explanada donde esta situado un antiguo horno de cal, construido con piedra procedente de esta montaña. La cantera se explotó de modo continuo hasta el principio de la década de 1930, aunque durante unos 20 años después continuo la extracción de piedra de manera espontánea.

Horno de cal y la barraca de Quicolis © by Toni Romero 2003


A la derecha del horno de cal hallaremos el sendero que nos llevará hasta la cima de la Serreta. El sendero es desigual, una vez en su seno, nos dejamos envolver por la bruma invernal y ya en pleno maquis, nos alejamos de los cultivos que quedan atrás al ascender por la pronunciada cuesta que nos lleva hacia la cantera. La ingente cantidad de roca que habrá visto pasar este sendero acarreada con mulos o caballos, la mayoría de las casas del pueblo están construidas con las lajas de roca extraídas con escoplo y maceta por personajes como el Quicolis, de quien hablaremos más adelante.
El maquis se alza a ambas orillas del camino, hallamos arbustos espinosos además del eterno tomillo y el romero. El palmito, que es muy abundante, se yergue con sus hojas puntiagudas que se cubren del rocío de la mañana, dando la sensación de estar poseídas por millares de diamantes que nos devuelven la luz del sol centuplicada en millones de reflejos.
Los tordos, llenos y gordos, nos sobrevuelan con veloces y rasantes pasadas en busca de algo que comer. Nos hacen compañía mientras que en el cielo una gigantesca formación de estorninos ejecuta una coreografía aérea que dejaría estupefacto a cualquier director de cine. Es habitual que localicemos aves durante todo el año ya que la estacionalidad del Mediterráneo determina cambios en la vegetación y la fauna, a los que se adaptan perfectamente las diferentes especies existentes. Unas aprovechan la primavera y el verano por la proliferación de insectos que suponen un gran aporte nutricional durante el periodo de cría. Mientras que en el otoño e invierno, al fructificar muchas plantas mediterráneas como el olivo (Olea europaea), la llentisca (Pistacia lentiscus) y el palmito (chamaerops humilis), el alimento está asegurado y da lugar a la llegada desde el norte de las bandadas más numerosas.
Liebres y conejos hallan en esta vegetación refugio contra los cazadores, que en esta época del año ponen con los disparos de sus escopetas un sonoro telón de fondo al sonido del viento. El olor de la quema de rastrojos o restos de los restos de las podas, impregnan el frío ambiente, dándole ese aroma de invierno compuesto por la familiar fragancia de madera quemada y esa luz rasante que sólo es posible cuando el sol se levanta del horizonte sin llegar a su cenit.
Tras caminar una media hora llegamos a la zona de la barraca. Sorprende su tamaño, tiene una altura de cinco metros y seis metros y medio de diámetro. La puerta está orientada al sur a fin de protegerla de los vientos que azotan la zona.Francisco Pera Matéu, de apodo Quicolis, había quedado cojo a causa de un accidente de trabajo, Construyó la cabaña empleando la piezas desechadas de la extracción, para poderse quedar en la cantera de noche y no volver al pueblo cada día.

Estanteria y techo de la barraca de Quicolis © by Toni Romero 2003


Con un muro de una anchura de casi 90 cm. la cúpula se inicia a los tres metros y medio, mediante el empleo de piedras voladizas, hasta llegar a los 5,5 m. donde dos enormes losas forman un hueco que tiene la función de chimenea, para los días en que se hacia fuego en su interior. Este tipo de construcción se denomina "en seco" y ésta es una de las de mayor tamaño que se conoce.
Imagino las noches pasadas en la soledad de la montaña, a Quicolis instalado en el interior de la gran barraca. Un fuego en el suelo calienta la estancia, mientras Quicolis, voltea en una sartén unas "butifarras", como se llama en la tierra, de la última matanza del cerdo ( !qué suerte en la época poder comerlas!). Junto la sobresada y la salchica seca ("Secallona") guarda el tomillo y el pan que bien le irán para las "Sopas escaldadas" ( sopas con agua- o caldo- con migas de pan, tomillo y aceite), todo bien ordenado en uno de los cuatro huecos que utiliza como armario. A su lado, aceite de oliva de Freginals, vino de la misma tierra y chapadillo de tenca de La Cava. Las herramientas de cantero ocupan un lado de la cabaña. Picos, palas, escarpias y macetas, relumbran a la luz del candil de aceite, que ilumina junto con la hoguera dando una luz calida y dorada a la estancia. Un jergón con pieles de oveja y unas mantas es prácticamente todo el mobiliario de la estancia. Es la España de los años treinta. Tiene el aire de la película "Novecento" de Bertolucci,, no hay corriente en el bosque que todavía está más cerca del pueblo y en el que todavía viven lobos. Está todo nevado y desde fuera de la cabaña, a la luz del atardecer sale humo de la chimenea, formando una escena bucólica y de gran belleza. Al fondo se ven las luces de Freginals y la torre de la iglesia se destaca sobre el rojo telón, de la puesta de sol.
Dejamos a Quicolis comiendo sus sopas escaldadas y salimos de la cabaña, siguiendo el sendero y volviendo a la realidad. Continuamos por un senderito hacia el este (justo enfrente de la puerta de la cabaña) y llegaremos a una explanada donde se domina el valle del Berro, con Amposta en primer plano y el Delta de fondo. A la derecha se yergue el Montsià con todo su esplendor, que desde Amposta hasta Ulldecona, domina todo el valle con su aspecto formidable e imponente.

Corte geológico de la zona de meteorización.


El suelo esta formado por una variedad de roca calcárea completamente torturada por la intemperie. En su superficie hallamos infinidad de grietas y recovecos. Estas curiosas formaciones son el resultado del proceso de disolución de las rocas que forman el sustrato de la tierra. Este proceso de meteorización se ve favorecido por la presencia de CO2 en la atmósfera, el cual al llover se incorpora al agua permitiendo la descomposición de los carbonatos de las calcáreas. Estas filtraciones dan a lugar a la formación de cuevas y acuíferos subterráneos, los cuales recogen por infiltración una buena parte del agua de las lluvias. Los cocos, son unas formaciones muy curiosas en forma de olla, en el que se recogía agua ya desde tiempos remotos. Las ollas son fácilmente observables en este sendero, aunque en la mayoría se han colapsado los bordes y están bastante deterioradas.
Volviendo al sendero que nos ha traído hasta la barraca, continuamos en la misma dirección que hemos venido. Un cartel nos indicara como volver a Freginals dando una vuelta por la ladera de la Serreta. El camino sigue y llegamos tras media hora a un pinar.
De repente pasamos del sobrio y espinoso maquis a un bosquecillo de pino Mediterráneo. Las agujas tapizan el suelo y el olor característico se suma a la sinfonía de invierno que estamos viviendo. Un sitio donde sentarse y embriagarse con el perfume mas característico del Mediterráneo. Ahora la pendiente se hace más pronunciada, descendemos hacia el depósito de aguas municipales. Una construcción rectangular absolutamente funcional, tras la cual aparece un camino esfaltado que nos conduce al pueblo, el camí del Cabiscol. Aquí es de nuevo zona de cultivo. Tras la aridez , de nuevo estamos sumergidos entre frutales que ahora están cargados de naranjas o mandarinas, además de algún que otro limonero. Tomamos del árbol una mandarina y al morderla estalla en la boca. No hay nada como la fruta cogida del árbol en su punto.
Así pues con un solecillo que nos deja la agradable temperatura de 7°c. y con un apetito feroz llegamos a Freginals . Vamos al bar "El Faro", allí tomaremos un Vermú (Rapitenc) y un variadillo de tapa (anchoas, mejillones, berberechos y aceitunas con una salsita tremenda). El Vermú es fuerte y afrutado, se toma con sifón y cuidado con la dosis, que aquí son para hombres. Y si seguis con apetito probad la carta de comida típica en el Arco del Montsià, el restaurante del pueblo.

© by Toni Romero 2003 - Serveis Integrals Subacuatics, S.L.

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