Dr. Romero en las Antillas
La isla está dividida en dos zonas, una francesa y otra holandesa. La capital de la Francesa es Marigot, situada al oeste y en medio de la bahía del mismo nombre.
Color y calor para esta bellísima población de puerto de aguas turquesa. Gente de color, nada dispuesta a dejarse fotografiar. Calor aplastante al mediodía.
Calle de St. Marteen
© by Toni romero 1999
En medio, un mercadillo para turistas con gran variedad de estatuillas de madera y vestidos con una paleta de colores que enloquece a los fotógrafos como yo.
Voy hacia la bahía de Simpson, al sur de la isla (lado holandés) y llego a un bar con la mujeres más bellas del Caribe, surfers, parascending, motos de agua,... el sueño de los amantes de los deportes de agua.
Me sumerjo en unas agitadísimas aguas turquesa y diviso una inmensa pradera de algar. Pasada la primera impresión de esterilidad veo un pez cofre de casi 40 cm. (Lactophirys triqueter), lo ametrallo a fotos. Las caracolas de emperador (Cassis madagascariensis) y las de tres cuernos posan para mi cámara en un vasto océano donde pueden pastar libres de los embates de la superficie. De pronto un tetrodón (pez globo) de grandes dimensiones huye enfadadísimo de mi presencia sin dejar que lo capture en mi película y dejando una estela de sedimento revuelto.
Más adelante encuentro una nasa de casi 1,5 m. con tres maravillosos peces cirujanos en su interior. Mi cuchillo entra en acción y los libero de su encierro, revolotean agradecidos y desaparecen como por arte de magia. Ahora entiendo la falta de pescado en este inmenso prado vegetal, la sobreexplotación pesquera ha llegado al paraíso.
Pez cofre
(Lactophirys triqueter) © by Toni Romero 1999
Vuelvo a tierra algo decepcionado y acosado por las motos de agua. Tomo un roncito con zumo de frutas mientras descarga un chaparrón que hace huir a los turistas en tropel. Aprovecho para lavar con agua de lluvia mi traje de tres milímetros. Nunca he encontrado el agua lo suficientemente caliente en ningún lugar del mundo, en este viaje llevo un microporoso delgadísimo fabricado por mis amigos de Deportes Barragán. Es como una segunda piel, el único inconveniente es que hay que embadurnarse con agua jabonosa para ponérselo. Pero me aísla perfectamente del las medusillas, los corales y el frío.
De nuevo en el mercadillo persigo a las mujeres con mi teleobjetivo, son absolutamente reacias a dejarse fotografiar. Compra y regateo, el eterno juego africano. Unas estatuillas pasan a mi poder por 2 $.
La capital es tan bulliciosa, que me quedo fumando un cigarrillo en una esquina, observando el ir y venir de estas gentes tan diferentes a nosotros. Estoy maravillado por la belleza de ébano de las mujeres, son delgadas y no se parecen físicamente a las cercanas mujeres cubanas. Las antillanas son absolutamente especiales, estilizadas y elegantes, vestidas con unos colores de locura, ocres, amarillos, rojos, colores cálidos para una gente maravillosa.

Tiendas de esmeraldas y diamantes, joyas entre joyas. St. Maarten es un lugar donde comprar piedras preciosas, no es lo mío. Observo el ir y venir de las turistas con las miradas de ambición sobre estos pedruscos sin valor (para mí) y siento lástima al no poder compartir mi entusiasmo por un Colibrí que liba un Flanboyan de vistosas flores rojas. Los mansos son su séquito, la brisa me trae su olor a Visa o American Expres, en ese rito para satisfacer la vanidad humana de algunas personas.
Vuelvo al barco con sentimientos contradictorios, no me extraña
que los habitantes de esta estupenda isla, no sientan mucho aprecio
por los turistas.
