
Desde muy pequeña me sentí fascinada por el mundo del buceo. Un mundo que empecé a conocer a través de novelas como "Manchado de Sangre" de Morris West o la increíble "Aventuras de tres pescadores submarinos" de Hans Haas. Por aquellos días me parecía que tales aventuras estaban reservadas a la literatura, así que desde que conseguí mi titulación hace ya diez años, no he parado de bucear. Primero con un ansia de conseguir experiencia y nuevas vivencias bajo el agua, después como fotógrafa.
Regresando de un viaje a la isla del Coco a bordo del Undersea Hunter, Avi Klapfer su capitán y propietario, me mostró unas impactantes fotografías submarinas tomadas en una remota isla del Pacífico. La abundancia y el colorido de sus corales, la visión de unos rarísimos peces de los que nunca antes había oído hablar y las historias que durante aquella noche se contaron, fueron determinantes a la hora de poner rumbo hacia esa última gran desconocida, PAPUA NUEVA GUINEA.
Descubierta por los portugueses en 1526, la bautizaron como
la isla de los papuas, que en malayo significa "hombre de
cabello encrespado". Fue un español, Iñigo
Ortiz, miembro de la expedición de Villalobos, quién
le dio el nombre de Nueva Guinea, por el parecido de sus gentes
con las de la Guinea africana. No fue hasta 1975, fecha de su
independencia, en que se unieron definitivamente los dos nombres.
El impacto de los extranjeros sobre los nativos fue mínimo
hasta finales del siglo 19. Esto se debe sin duda a su variada
y salvaje geografía. El monte Wilhem de 4.500 mt. de altura,
el río Sepik de más de 1.100 Km navegables, numerosos
volcanes y espesas junglas. A la inaccesibilidad de su territorio
se deben también las más de 700 lenguas que se hablan
en esta isla de poco más de tres millones de habitantes.
Con la expansión del colonialismo llegó la partición
de la isla. En 1828 los holandeses se adjudicaron el Oeste, que
acabaría siendo anexionado por Indonesia y convertido en
lo que hoy conocemos como Irian Jaya.. En 1884 los ingleses proclamaban
su soberanía sobre el Sur, mientras los alemanes lo hacían
sobre el Norte, hasta que fueron derrotados por el ejercito australiano
durante la 1ª guerra mundial.
Australia agrupó los dos territorios bajo un mandato concedido
por la Liga de Naciones en 1920.
Durante la 2ª guerra mundial, fueron invadidos por los japoneses,
librándose algunas de las más cruentas batallas
del Pacífico Sur. Aviones Mitsubishi A6M5, Zero, bombarderos
B-17F, tanques, submarinos... son mudos testigos de tan trágicos
momentos.

Mi amigo Avi me había facilitado algunas direcciones,
a través de las cuales me puse en contacto con Kevin Baldwin,
propietario de un live-aboard que opera en estas aguas. El barco
estaba en aquel momento pasando su revisión anual en Cairns,
en la costa nordeste de Australia. Hacia allí me dirigí
para embarcarme como divemaster, marinera, ayudante de cocina
y limpieza, a cambio de alojamiento, comida y sobretodo muchísimo
buceo, a bordo del que durante dos meses fue mi casa, el TIATA.
La tripulación estaba formada por David el capitán,
de familia escocesa, nacido en Fidgi, fue pescador profesional
durante muchos años. Un día se cansó de matar
peces y se puso a observarlos. Marty una inglesa nacionalizada
australiana, que se enroló como cocinera para bucear y
Jonathan y Ela, los dos marineros papues.
Zarpamos una mañana de mediados de Abril. El viaje a través
del Mar del Coral fue bastante movido. Aunque navegábamos
a la cola del ciclón Agnes, su potencia todavía
se hacía sentir en los cielos encapotados, las ráfagas
de lluvia y la mar bravía. Preocupada como estaba por causar
una buena impresión y con el temor de que mis compañeros
no me consideraran lo suficientemente cualificada, acabé
por marearme como una mona y pasé los tres restantes días
encerrada en mi camarote atiborrándome de biodraminas.
Pasamos la aduana en Samarai, una pequeña isla antigua
capital de PNG. Kevin nos esperaba para ayudarnos con el papeleo
y con algunos víveres que nos harían falta. Yo pasé
con un visado de turista. Aunque mi trabajo no iba a ser remunerado,
cualquiera se pone a darle explicaciones a un funcionario papú.
De allí nos dirigimos a Alotao, donde recogeríamos
a los siete pasajeros americanos y empezaría el chárter.
Durante esas horas de travesía pude hablar con Kevin y
conocer algo más acerca de su persona. Es un australiano
que emigró hace ya más de 20 años. Tras realizar
los mas variados trabajos en busca de fortuna, acabó abriendo
un negocio de componentes electrónicos. Está casado
con Pelu, una guapa nativa con la que tiene dos hijos. Intrépido
buceador, construyó personalmente el Tiata ayudado por
las hábiles manos de un grupo de artesanos, constructores
navales en Madang. Durante varios meses al año disfruta
del barco con su familia, pero para pagar las facturas el resto
del tiempo tiene que alquilarlo.
Tras despedirnos de Kevin, pusimos rumbo a Milne Bay, a un
lugar llamado Observation Point. Es un lugar fantástico
para macro-fotografía. Allí se pueden encontrar
en un sola inmersión rarísimos ejemplares de escórporas,
como el white stonefish (synanceia verrucosa de color blanco),
los cockatoo waspfish (ablabys taenionotus), o una de mezcla de
caballito de mar y pez trompeta, el ghost pipefish (solenostomus
paradoxus).
Allí tuve un inusual encuentro con una serpiente marina.(laticauda
colubrina) Sorprendida por mi presencia, se quedó suspendida
en el agua a un palmo de mis gafas abriendo y cerrando la boca
como si mascara chicle. Al ver su actitud agresiva pensé
que me iba a atacar, pero tras unos segundos que me parecieron
horas, salió disparada hacia la superficie.


Acompañados por las canoas de los nativos que nos saludaban
al vernos pasar, llegamos a la isla de Tufi, donde nos esperaba
una impresionante barbacoa, mucha cerveza y un sinfín de
historias por contar.
Los papues se rigen todavía por el sistema tribal cuyas
leyes valen más que las escritas. Si el barco quiere navegar
sin problemas tiene que pedir la correspondiente autorización.
Esto se realiza bien mediante un pago trimestral en kinas (0.80
K = 1 dólar USA) a los jefes de las distintas tribus, bien
mediante la entrega de ropa y medicamentos en las aldeas o como
en este caso haciendo partícipes a los nativos de los beneficios
que directamente generaban los turistas. En cualquier caso aquella
noche todos regresamos felices y satisfechos al barco.
Llegamos a Lae para una breve parada de aprovisionamiento.
Acostumbrados a la amabilidad de los isleños, esta parecía
una ciudad bastante peligrosa. En el puerto se amontonaban los
barcos. Ferrys entrando y saliendo, transportando mercancías
y pasajeros, las mujeres con bultos atados sobre la cabeza. Barcos
de pesca y sobretodo hombres, muchos hombres, juntos, sentados,
como si esperaran, durante horas y horas sin hacer nada.
Como no había un solo amarre libre estuvimos abarloados
a otros dos barcos, lo que suponía una tremenda odisea
cada vez que teníamos que bajar a tierra. Todos nos alegramos
de poder hacernos nuevamente a la mar.
Una mañana que estábamos fondeados en una pequeña
bahía, el cabo de la auxiliar se enredó en una de
las hélices del barco. Mientras David buceaba tratando
de desenredarlo fuimos abordados por una lancha en la que iban
nueve nativos armados hasta los dientes. Saltaron a bordo increpándonos
y mostrando agresivamente sus machetes. Jonathan y Ela aunque
acobardados intentaron hacerles frente. Fueron unos momentos de
tremendo caos en los que la incomprensible discusión en
"pidgin" iba subiendo de tono. Algunos de los pasajeros
se refugiaron en sus camarotes, los que se encontraban mas cerca
de los feroces nativos no se atrevían ni a respirar. Marty
y yo encerradas en la cocina, sudando a mares y buscando posibles
vías de escape. Pensé, ¡si nos atacan me tiraré
al agua y alcanzaré nadando la orilla, o mejor, subiré
hasta el camarote de David que sé donde esconde un arma!.
Era una situación tremendamente angustiosa ya que el barco
estaba inmovilizado y nos encontrábamos a muchas millas
de algún puerto donde pudiéramos sentirnos a salvo,
por lo que si alguien disparaba o había algún herido
nos exponíamos a una salvaje venganza y a ser posiblemente
atacados por otros barcos.
Finalmente David salió del agua y con una extraordinaria
sangre fría se hizo cargo de la situación. Los nativos
creían que veníamos a pescar en sus aguas y estaban
furiosos por lo que consideraban una invasión. Los once
años de experiencia de David en PNG dieron sus frutos y
consiguió calmarles no sin antes una exhaustiva explicación.
Marty y yo les servimos ceremoniosamente té y galletas,
y cuando estuvieron contentos y con la barriga llena, se ofrecieron
a mostrarnos los restos de un barco hundido en el otro extremo
de la bahía. Los últimos resquicios de desconfianza
o agresividad se disiparon cuando David les invitó a acompañarle
en el puente y a devolverles a sus respectivas aldeas a bordo
del Tiata. Aún así debo confesar que no me sentí
del todo tranquila hasta que el último de ellos desembarcó.

El resto del viaje continuó apacible y sin mas sobresaltos.
Buceamos a la sombra del volcán Tolokiwa, por el estrecho
de Vitiaz entre la islas Long, Crown ... El buceo era excelente
y los días se entremezclaban confundiéndose bajo
un único sonido, el de la campana que anunciaba ¡¡¡
DIVE, DIVE, DIVE !!!.
Nos despertábamos a las 7, para a las 7,30 hacer la primera
inmersión. Tras ella un gigantesco desayuno, una hora de
descanso y mientras los pasajeros se metían en el agua
para una segunda inmersión, Ela y yo limpiábamos
el barco, hacíamos las camas y Marty preparaba la comida,
que realizábamos alrededor de las 12. Dependiendo de las
horas que hubiera de navegación, David buceaba o descansaba
dejando siempre el barco fondeado y a resguardo. Jonathan se encargaba
la mayor parte del tiempo de la zodiac. Es fantástico,
siempre atento, nunca se hacía esperar cuando un buceador
salía del agua.
Por la tarde realizábamos otras dos inmersiones. La última
antes de la cena y algunas veces si no estábamos muy saturados,
una más después de cenar. Si por la noche no habíamos
buceado nos reuníamos para una animada tertulia.
Saboreando una cerveza comparábamos experiencias, visionábamos
las tomas de video que se hubieran hecho durante el día
o mostrábamos nuestras diapositivas, en un ambiente siempre
distendido y cordial.
Si estábamos fondeados cerca de una aldea, los nativos
se acercaban hasta la cubierta de popa para vender pescado y langostas
frescas. Otras veces traían piñas, mangos y diversos
objetos de artesanía. Son buenos comerciantes y había
que regatear, y aún así después de haber
acordado el precio, siempre se enamoraban de alguna de nuestras
camisetas que invariablemente conseguían llevarse de regalo.
Finalmente el Tiata enfiló su proa hacia la bahía
de Kimbe en la isla de Nueva Bretaña. En la plantación
de Wallindi desembarcaríamos a este grupo de pasajeros.
Este es un lugar famoso por sus encuentros con grandes pelágicos
y "nuestro regalo" de fin de trayecto no se hizo esperar.
En un mar completamente en calma, a menos de una hora de la plantación,
un chorro de agua rompía la lisa superficie. ¡Era
UNA BALLENA!. David dio la orden de parar motores y poner en el
agua la auxiliar. La excitación se apoderó de todos
los presentes, nadie quería dejar de mirar al tiempo que
frenéticamente buscábamos aletas y gafas y preparábamos
las cámaras fotográficas.
Nos acercamos lentamente, dejando a la auxiliar a la deriva bastantes
metros por delante de su trayectoria. Dos veces cambió
de rumbo y con el alma en vilo temerosos de haberla perdido, empezamos
de nuevo con la misma maniobra. Finalmente en silencio, conteniendo
la respiración para que no se escapara el más mínimo
sonido, nos deslizamos suavemente en el agua y empezamos a nadar
en la dirección en la que supuestamente emergería.
De entre la grisácea oscuridad del mar abierto apareció
una gigantesca mole. Iba directa hacia nosotros. Estábamos
como petrificados en el agua y lo primero que pensé ante
la visión de un animal tan enorme fue, en quién
se apartaría primero del camino. Durante unos segundos
sentí un amago de pánico, parecía como si
un camión se me fuese a tirar encima.
A pocos metros de distancia dio un respingo, como si se sobresaltara
al habernos visto y se desvió ligeramente de su camino.
Lo que más me impresionó fue mirarle directamente
a uno de sus grandes ojos. En aquella mirada de sorpresa había
grandes muestras de inteligencia. Era como mirarse a los ojos
de uno mismo.
A su paso iba dejando un rastro de lo que luego supimos eran trozos
de piel. Lo que no he sabido nunca es, si es común que
las ballenas muden la piel, o si se trataba de una ballena herida
o enferma. Tras catalogarla como una ballena esperma de aproximadamente
catorce metros, todos nos quedamos sin habla. La emoción
había sido tan intensa que las palabras no bastaban.
Tras tres semanas a bordo necesitábamos un descanso
y teníamos toda una semana por delante. Las vistas desde
Wallindi son espectaculares, en la orilla muy cerca del agua se
levantan bungalows de madera rodeados de vastas extensiones de
palmeras. Tras ellas, un reguero de montañas y algún
volcán aún en activo.
Si Wallindi es famoso por sus excelentes lugares de buceo, lo
es también por la hospitalidad de su propietario Max Benjamín
y por sus fiestas. Así que la primera noche libres de clientes
nos corrimos una buena juerga. Entre cerveza y cerveza y algún
que otro ron con coca-cola, nos pusimos cómo no, a hablar
de peces. Ninguno había visto hasta entonces al más
bonito y esquivo de todos los peces del planeta, el mandarín.
(synchiropus splendidus)
Pertenece a la familia de los blenios, se le encuentra en arrecifes
a poca profundidad, guarnecido entre los pequeños agujeros
de las rocas. Sus llamativos colores, con el fondo de un intenso
naranja recubierto por psicodélicos dibujos en verde, azul
y amarillo, hacen que parezca como recién salido del Nueva
York de Warhol de los años 70. El tamaño más
grande que alcanza son 6 cm. Apenas sale de sus escondrijos durante
media hora al amanecer y al anochecer, lo que dificulta tanto
verlo.
En Wallindi, haciendo honor a su merecida fama de lugar excepcional,
encontramos un grupo de siete u ocho de estos diminutos pececillos.
Al atardecer siguiente y con Max como nuestro particular cicerone,
volvimos a sumergirnos a pocos metros de distancia del embarcadero.
Inmóviles frente a una pared rocosa, conteniendo la respiración
para no asustarlos al exhalar, disfrutamos del maravilloso espectáculo
que nos ofrecían.
La ironía de esta simpática historia sucedió
meses después en Barcelona. Paseando una tarde por la calle
Paris, vi en el escaparate de una tienda y metido en el fondo
de una pecera, a un solitario y triste mandarín. Mis ojos
no daban crédito. En aquel momento recordé otra
historia que me contó un buceador profesional que conocí
en las islas Salomón. Se dedicaba a capturar peces de arrecife
para venderlos como exóticos ejemplares de pecera. Mientras
me contaba los sofisticados métodos que utilizaba para
transportarlos con vida, no fui capaz de darme cuenta de la magnitud
de esta tragedia. Ningún ser vivo merece ser sacado de
su hábitat natural para complacer el capricho de otro,
y sobretodo en este caso en que mi adorado mandarín acabaría
muriendo de pena confinado en tan reducido espacio.
Con los nuevos pasajeros a bordo emprendimos de nuevo el camino.
Nos dirigíamos a bucear en la isla de Lolobau. Era otra
de esas mañanas de cielo azul y despejado y mar completamente
en calma. De repente alguien en la cubierta gritó ¡delfines!.
Parecía un grupo bastante numeroso y no paraban de hacer
piruetas fuera del agua. Nos dispusimos a parar motores y a acercarnos
hasta ellos en la auxiliar. Marty y yo estábamos completamente
excitadas y no queríamos perder tanto tiempo. Pedimos permiso
al capitán y nos zambullimos dispuestas a recorrer a nado
los cincuenta metros que nos separaban. Nadábamos hombro
con hombro sin poder ver nada. Empezamos a oír un sonido,
clic-clic-clic tap-tap y supimos que se acercaban. Primero fue
uno solo, pero al momento siguiente estábamos completamente
rodeadas. Debían de ser cientos, los había grandes,
pequeños, alguna hembra evidentemente embarazada y parejas
fundidas en un abrazo, que mientras nadaban se apareaban. Cuando
finalmente levantamos la vista todavía extasiadas, vimos
a David manejando la zodiac al grito de "yeehaa...",
mientras un grupo de ocho delfines se posicionaban en la proa
como si se tratara de un coche conducido por caballos.
No sé durante cuánto tiempo permanecimos en el agua,
el suficiente para terminar completamente agotados. Lo que sí
sé es que la juerga la disfrutaron por igual tanto los
delfines como los humanos.
En la isla de Djaul buceamos en el pecio del pesquero japonés
Tsio Maru y alrededor de un submarino monoplaza.
Esparcidas por el amplio océano nos íbamos encontrando
con diminutas islas de arena fina y blanca, la mayoría
de ellas deshabitadas. Hacia allí nos dirigíamos
a toda velocidad en nuestra zodiac para deleitarnos ante la belleza
de las grandes formaciones de corales. Dejándonos mecer
por las corrientes submarinas nos sentíamos completamente
libres y relajados.
Desembarcamos en la isla de Tsoi donde se encuentra una pequeña
aldea. Fuimos recibidos por Boston, el orgulloso jefe, que se
mostró encantado de enseñarnos su peculiar guest-house.
Ha construido una cabaña de madera con cuatro habitaciones,
para recibir a aventureros turistas. La cama es una estera colocada
directamente sobre el suelo. Como únicos muebles una mesa
y una banqueta de madera. En la pared, unos clavos sirven para
colgar la ropa. En la parte trasera hay un habitáculo que
se usa como WC comunal. Es tan solo un agujero en el suelo con
unas paredes que den algo de intimidad. La ducha dispone de un
depósito de agua que se acciona al tirar de una cuerda.
Los escasos clientes llegan en lancha de Kavieg, a unas cuatro
horas de distancia, y comparten mesa y mantel con la familia,
compuesta por sus tres esposas, un sinfín de risueños
chiquillos, siete perros y tres loros parlanchines. Aunque Boston
es un anfitrión excepcional, pasadas unas horas todos añorábamos
las comodidades de abordo.
El viaje estaba tocando a su fin. Las últimas inmersiones las reservábamos para el Silvertip reef. Es una seca a 18 metros de profundidad que se encuentra al norte de Kavieng. Allí habitan seis hembras de tiburón de la especie silvertip (carcharhinus albimarginatus). David nos dio una exhaustiva explicación de cómo se realizaría esta inmersión. Debíamos sumergirnos silenciosamente, para posicionarnos sobre las rocas y esperar a que se acercaran. Con contradictorios sentimientos de emoción y temor nos fuimos posicionando bajo el agua. La hembra más grande "big Mama" realizó unos primeros pases de reconocimiento. Tras ella llegaron las demás. A veces pasaban tan cerca que había que agachar la cabeza para no rozarlas. En ningún momento nos sentimos amenazados, mas bien observados con esos ojos de mirada escrutadora. Realizamos varias inmersiones a lo largo del día y a medida que aumentaba nuestra confianza nos íbamos alejando de la seguridad de las rocas, para finalmente bucear abiertamente entre ellas. Cada una tiene una marca característica que las diferencia y los que bucean aquí con relativa frecuencia aseguran que en su mayoría son siempre las mismas. Nadie sabe porqué permanecen en el mismo lugar, tal vez los machos sean cazadores solitarios mientras que las hembras se agrupen en comunidad.
Por fin llegó la hora de las despedidas, mi visado pronto expiraría. Kevin me esperaba en el muelle de Kavieng para llevarme al aeropuerto. Al despedirme me obsequió una cadena de oro con un delfín saltando sobre las olas, ¡el distintivo de la tripulación!. Con el corazón en un puño dije adiós a mis compañeros. Ellos debían seguir su travesía y yo quería apurar mis últimos días visitando las tribus de las montañas, pero eso es una nueva historia.....!!!!.

