LOS COLORES DEL MONTSIA

Freginals © by Toni Romero 2002

Enmarcado en les Terres de L'Ebre y bajo la mirada de la sierra del Montsià está el lugar donde nací. Freginals es un pequeño pueblo, eminentemente agrícola, que anhela su preciada agua mirando a su máximo exponente, los picos de esta emblemática sierra que le separan por el este del Mediterráneo. Hacia el norte y a bien pocos kilómetros encontramos la desembocadura de L'Ebre y su preciado Delta. Majestuosa explosión de vida que marca la división entre su comarca, el Montsià, y la vecina "Baix Ebre".

Aún así, a pesar de estar rodeado por el río y el mar, Freginals lucha por su agua, la de sus pozos, la de sus fuentes y la de su corrientes subterráneas. Recuerdo como de pequeña comentábamos entre sueños que tal vez algún día horadarían nuestra majestuosa montaña para comunicarnos con la costa que baña su otra ladera. Ahora sin embargo me pregunto qué hubiera sido de este recodo de vida salvaje y cultivos si se hubiera penetrado con el tórrido hormigón en sus entrañas. ¡ Y es que en ningún sitio se siente la primavera como en el Montsià.!

Días de sol , de lluvias y de viento, " del Vent de Dalt" que azota la zona, ¡ha llegado la primavera!. La explosión de flores en sus campos de frutales augura sin duda una buena época de recolección. ¡Si llega la lluvia, si no hace mal tiempo!, porque caer poca cae pero si es demasiado caudalosa escasamente se aprovecha.


Flores silvestres acompañan la llegada de las aves y en las casas más altas o en aquellas que no son habitadas construyen sus nidos las golondrinas. Y vas mirando al cielo paseando por sus calles o caminos y la luz te inunda. Esos tonos policromáticos tan típicos y exclusivos del Delta se esparcen por la comarca mezclando las notas de mar, de sal y montaña.


¡Y mira por donde las costumbres se recuperan!, este año se ha estrenado la ruta hacia Mata-redona y la Foradada, en la cima del Montsià. Son el cenit de un itinerario rodeado de olivos, separados por los muros de piedra seca que antaño nuestros abuelos (y bidsabuelos, y más atrás aún) construían para resguardar sus cultivos de las lluvias, para que las aguas torrenciales no se llevaran la tierra, y delimitar sus parcelas. Construcciones hechas a ojo pero con mucha técnica que se adaptaban al terreno para que cuando el agua cayera esta se esparciera y se nivelará de forma natural. Así insinuosamente se trazan sus subidas y bajadas, y sus curvas, para aprovechar beneficiosamente hasta la última gota del agua preciada. Con martillos especiales trabajaban la que allí se llama piedra de ascla, o "pedra viva", que permite modularse y resiste la erosión del sol.

Los colores del Montsià © by Toni Romero 2002

Cerca del pueblo, recién estrenado nuestro recorrido aunque ya a bastante altura, se alza la barraca de "Quicoli" que con más de cien años resiste impávida el paso del tiempo. Construida a mano con las rocas de la cantera que allí se explotaba, servía de morada y zona de trabajo de los "picapedrers" (trabajadores de la piedra). Su manufactura eran molas y soleras para molinos de aceite, el principal motor económico de la zona en aquella época. Poco queda sin embrago de los antiguos hornos de cal, otra de las intensas actividades de la zona que a menudo se hallaba cerca de las canteras.

La barraca alcanza los tres metros de altura y ofrece una increíble vista del pueblo y de las vías de comunicación de sus alrededores. Me imagino que algún que otro maqui pudo refugiarse ahí durante la guerra y posguerra dominando con un sólo golpe de vista toda la zona. ¡Quizás sí, quizás no!. Pero sí es cierto que ellos conocían como la palma de su mano todos y cada uno de los recodos del Montsià, sierra que fue su refugio y en la que más de una sorpresa les deparó la Guardia Civil.

Piedra tras piedra sabiamente colocada, unas se sujetan a las otras, no hay barro ni otro elemento adyacente que las una. Su cúspide tiene forma de bóveda y como huella del paso del tiempo, o de algún que otro insensato, muestra un hueco justo en su punta. Por ahí sin embargo se filtra la luz dándole un halo misterioso a su interior. Paredes que configuran tres estantes donde sin duda dejaban enseres, comida o utensilios. Espero que en tiempos venideros consigamos que se vigile y conserve este monumento del ingenio humano, que de muy antaño nos llega.

Brotes de pino © by Toni Romero 2002

Volviendo a nuestra ruta de excursionismo, caminando por sus 3,2km iremos alcanzando altura hasta sus 120m de desnivel con respecto al pueblo. Veremos olivares, algarrobos, almendros, naranjos, melocotoneros, carrascas, alzinas y demás vegetación mediterránea en todo sus esplendor. Al llegar al Barranc del Sastre el itinerario marcado nos lleva suavemente por su margen izquierdo durante 2,5km. A pie de sendera hallamos el Corral Nou, construcción abandonada que utilizaban los pastores para guardar sus rebaños y "abeurar-los" ( darles de beber) gracias a un sistema de picas de piedra que almacenaba el agua de lluvia. A partir de ahí la vegetación es de "Garriga" y la vista inmejorable: La foia de Ulldecona, la sierra de Godall, Els Ports ( sierra que actualmente es Parque Natural y donde podemos observar cabras monteses) y la Vall de l'Ebre.

© by Toni Romero 2002

Continuando con nuestra subida por una angosta sendera exuberante en vida salvaje hallamos un recoveco rocoso donde paramos a deleitarnos de nuevo con el paisaje. El tramo que sigue tiene la forma insinuante de un caracol. A la izquierda nos encontraremos con otra sendera que nos lleva a la Corralissa del Cingle, edificación bien escondida que se utilizaba para guardar el ganado. Y llegamos a la balsa de Ortiz, acequia de arcilla donde los toros que pastan en las praderas de Mata-redona sacian su sed, ejemplares que aún perduran en estas contrarías.

Por fin alcanzamos la Masía de Mata-redona a 580m de altura, una explotación autosuficiente que fue habitada hasta el año 1956. Vestigios de sus cultivos y el pozo de agua, primordial para la vida en tan altos territorios, nos dan la bienvenida. El trigo y el ganado eran las materias primas de esa época, y sobre todo la cabra blanca, como así se la conoce, moteada con colores negros y rojizos, y luciendo su basta cornamenta. "Cabra de monte que tira al monte", decían. Curiosamente el usufructo se conseguía con la crías y no por la elaboración de lácticos o derivados

La barraca de Quicoli© by Toni Romero 2002

Maribel nació ahí, ella me contaba como unos amigos de la familia junto con su padre habían tapado una de las cuevas que contenía estalagmitas, esa fue la única solución que garantizó su conservación después de ver como las demás eran esquilmadas. Errores de unos pocos que reciben castigo para todos. Aunque ahora, ¿quién se acuerda?, ¿quién es capaz de localizarla?. Siempre nos quedará el consuelo de haberla devuelto a su habitante legítimo, la naturaleza.

 Hacia la derecha y siguiendo la GR-92, ruta de senderismo por la cresta de la sierra, llegamos a la Foradada, el excelente mirador sobre la costa. Desde ahí se divisa del Delta hasta Ulldecona, población que estimaría a 270º tomando a la Foradada como punto de referencia y situándonos de frente a la costa de Sant Carles de la Rápita. Recuerdo mi primera impresión al verlo de pequeña, "El mar está aquí, aquí mismo" me decía para mis adentros. A partir de ahí ir a Sant Carles o Amposta ya es sólo cuestión de un pequeño esfuerzo más.

Este itinerario era muy utilizado para comunicar la masía con el pueblo de Freginals,, así como la costa con el interior de la comarca. Pastores, los horneros de cal, los que buscaban carbón y los que recogían "margalló" ( para hacer capazos) eran asiduos del camino.

La calcárea sierra del Montsià es un espacio natural que se alza a pocos metros de distancia de la costa y mantiene todo su encanto y riqueza natural, por ello ha sido incluida en el PEN y propuesta para la Red Natura 2000 de la Unión Europea.
¡Creedme amigos!, ¡no os podéis perder el Montsià!

© by Sonia Fabra 2002 - Serveis Integrals Subacuatics, S.L.

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