
Acostumbrados al secarral Aragonés que se divisa desde
el interior del coche, al atravesar los Monegros y la zona de
Zaragoza, no esperamos que al cruzar esa línea invisible
que separa Aragón de Navarra los tonos ocres de la aridez
den paso al inicio del verde. Nueva paleta de colores que primero
irrumpe tímidamente, para luego, por medio de las vides
y otros cultivos, tomar posesión del paisaje.
Navarra, rápidamente da paso a la Rioja, y el Ebro, que
la autopista sigue más o menos cerca, sólo recorre
unos kilómetros en territorio Navarro, un paso fugaz en
su descenso hacia el mar.
Llegamos a Arrúbal, zona en la que vamos a realizar un
nuevo muestreo en busca de la mítica Margaritifera auricularia.
Es un pueblecito situado a un kilómetro escaso de Ebro
y a 20 Km. de Logroño en dirección Este. Cuenta
con 440 habitantes y es mayoritariamente agrícola. Largas
filas de chopos desfilan a la vera del río, junto al maíz
y la huerta cuidada por gente ya de edad. Sí, la población
está en franco retroceso, todos los jóvenes han
emigrado a lugares con más futuro. ¡Una lástima!,
. Este paisaje bucólico, con el Ebro al fondo, nos desvela
una imagen de paz y tranquilidad, que será nuestro escenario
de trabajo durante los próximos cinco días. Sin
embargo, nos instalaremos en Ausejo, a unos 12 kilómetros
del río.
Ausejo, se alza sobre una colina, dominando un gran valle rotulado por vides y otros cultivos, un tapiz que se desliza hacia el horizonte coronado por un espectacular parque eólico. Nos acomodamos en el hotel esperando a David y José, que vienen de Barcelona con el Land Rover y el material, mientras descarga una tormenta con mil rayos y truenos. Aparece Rafa Araujo y se reúne a nosotros (Lucia y Kenneth, dos clásicos en nuestros muestreos, y vuestro servidor).

El bar del hotel es gigantesco, a pesar de los jamones y maquinas
tragaperras que adornan el local, centra nuestra atención
una gran barra llena de parroquianos siguiendo los correspondientes
partidos de fútbol, de las diferentes ligas europeas, que
se emiten desde las tres teles de la pared.
No estaremos mucho rato ociosos, al llegar el Land Rover descargamos
el material en un local que nos ha cedido el mismo hotel. Ubicamos
los instrumentos y máquinas de campaña, procedemos
a hinchar las embarcaciones y a cargar las botellas para la jornada
siguiente.
La primera cena con todo el staff es un éxito, cardos en
salsa, churrasco, judías con jamón, pimientos rellenos
y demás exquisiteces regadas con vino de la tierra. ¡Toda
una promesa de una buena campaña!.
Sin embargo, la primera toma de contacto con el río no
puede ser más húmeda. Llueve a mares. Embutido en
unos vadeadores (cortesía de Rafa) y un chubasquero, lanzo
los primeros transectos que son arrastrados por la corriente del
río. Atamos un larguísimo cabo a cada una de las
orillas, una operación de más de una hora con una
complicada maniobra en la que José, "Connan",
desde el agua, David con el Land Rover y yo desde la zodiac ideamos
un método para maniobrar con un cabo de 140 m. en un río
con considerable corriente. Enganchamos los transectos al cabo
transversal al río y los buzos se dejan caer corriente
abajo.
Aprovecho la ocasión para guarecerme de la lluvia en el
bosque de ribera, donde los chopos y la tamarix africana dan cobijo
a aves como el martinete, el martín pescador o las garzas
y garcetas, que ponen una nota de vida en el cielo. Mientras fumo
en la zodiac montando guardia, me doy cuenta que el aire está
lleno de una pelusa que le da al paisaje una aire irreal. Me recuerda
el inicio de Amarcor (del maestro Fellini), en la que el
cielo cubierto de una similar nevada surrealista se convierte
en el hilo conductor de su trama, ¡qué maravillosa
película!.
Paso las horas moviendo un largísimo transecto de 140 m.
y llevando a los buzos río arriba para iniciar de nueva
otra bajada. Me dicen que esta vez pueden ver el fondo, con una
visibilidad de unos 20 cm. Esto os puede parecer muy poco, pero
es la primera vez, en 9 campañas, que los buzos pueden
distinguir algo bajo el agua, siempre hemos muestreado en inmersión
absolutamente a ciegas. Comemos en la chopera que bordea el río.
Los buzos al tímido sol que aparece en el cielo gris, en
un intento de recuperar más calorías, Rafa y yo,
a la sombra. Tras la siesta, vuelta al agua. Una sensación
horrible para los buzos que se enfundan en los trajes todavía
húmedos de la mañana.
La tarde, nublada de nuevo, transcurre lentamente entre alguna
que otra pelea con el gran transecto que tiene la mala costumbre
de enredarse en algún árbol, de buen tamaño,
que aparece bajo el agua.

Maniobras con la zodiac que acaban en una situación terrible.
De repente me quedo con la empuñadura del motor en la mano
mientras éste permanece acelerado al máximo. Tiro
de la pulsera de seguridad parando inmediatamente, remo hasta
la orilla y le echo un vistazo.
El motor es un Honda de 4 tiempos y 8 CV. Hasta ahora ha funcionado
como una seda, levanto la palanca y miro el mecanismo de la empuñadura.
Nos resulta imposible determinar donde va el tornillito de inox
que sujeta un dispositivo extremadamente complejo (para lo que
es un Evinrude), una excéntrica y varias piezas de nylon
resultan imposibles de ensamblar.
Recurrimos al Yamaha de 4 CV. cuyo sonido es similar a un taladro
oxidado, para salir del paso. Es una suerte contar con este legendario
e implacable motor, compañero de muchas campañas.
Volvemos a Ausejo tras recoger el material e iniciar la rutina
de carga y limpieza del material.

Damos una vuelta por el pueblo mientras Connan, carga botellas
y pone a secar los trajes.
Ausejo se alza en una colina bastante empinada, las calles suben
en un desorden que sólo conocen los parroquianos. Nos perdemos
por un laberinto de callejuelas y escaleras. Es un lugar muy bonito,
la luz del sol, dorada al oeste, se extiende por el valle que
se muestra en todo su esplendor.
Descubrimos en la ladera multitud de casas excavadas en la misma
roca, la mayoría abandonadas. Entramos en ellas como si
fuéramos un grupo de escolares en busca de aventuras. Son
sorprendentemente frescas aunque por desgracia presentan un grado
de abandono terrible. Algunas tienen hasta 6 habitaciones y cocina
con chimenea excavada verticalmente. En otras encontramos la cuadra
donde recogían a los mulos, con su correspondiente abrevadero
tallado en piedra.

En Ausejo se han localizado, en la ladera oeste del cerro y
en el término de Candajín, piezas y fragmentos de
factura romana y prerromana que apuntan al antiguo poblamiento
de este lugar que debió ofrecer obvias ventajas defensivas.
La Rioja es tierra de vino, en Ausejo se constituyó el
8 de marzo de 1.956, con el objetivo de elaborar y comercializar
las producciones vitícolas de sus socios, la Sociedad Cooperativa
San Miguel. Da servicio a 650 Ha. de las variedades Tempranilla,
Viura y Mazuela con una capacidad de almacenamiento de 3 Millones
de litros.
Como sólo de vino no viven los humanos y como regalo de
esta tierra, encontramos otros tesoros: las verduras. Las estaciones
nos traen una galaxia de verduras. La primavera provee de habas,
alcachofas, guisantes, espárragos, alubias verdes y zanahorias.
El verano sirve lujuriosas ensaladas a base de sabrosos tomates
y tiernas lechugas. En otoño aparecen los pimientos verdes,
rojos, del piquillo, del cristal. En invierno les relevan la tiernísima
alcachofa, la blanca coliflor y el cardo.
Como veis, es un lugar para visitar. Comida sana, aire limpio
y naturaleza, todo lo que se puede desear. Por nuestra parte deciros
que la gente es estupenda y siempre se ha mostrado con un gran
deseo de ayudarnos. Es la primera vez que ven un equipo de buzos
en plena "estepa", hecho que siempre suscita infinita
curiosidad, amplificada al máximo en esta ocasión
al contarles que nuestros buzos alimentan tiburones de 3,5 y 4
m. como trabajo cotidiano. El decirles que hemos venido a buscar
almejas de río, ya es una cuestión que a veces provoca
incredulidad.
Volvemos al río, el sol ha aparecido en todo su esplendor
de modo que me achicharro cada vez que cambio los transectos o
transporto material con la zodiac. Busco la sombra fresquita de
la ribera donde me siento a la espera de que los buzos terminen,
para volverlos a llevar río arriba. Vivo envuelto de zapateros,
libélulas y caballitos del diablo en un auténtico
frenesí sexual en el que todo el mundo se aparea.
El cielo está surcado por varios milanos divinos, que tienen
su nido en un altísimo chopo, revoloteando a la búsqueda
de alimento. Bandadas de golondrinas y vencejos vuelan a ras de
agua, bebiendo pequeños sorbos a más de 30 Km. por
hora y dejando una leve estela. Es increíble que no se
estampen contra la plancha de agua. Me hago cruces pensando en
cómo podría lograr esta instantánea, del
todo imposible con una cámara sin un tremendo teleobjetivo.
Espero intentarlo pronto, con mucha paciencia, claro.

Un gran rebaño de ovejas aparece por la orilla. El balar
de los corderos y el ladrido de los perros nos atrae como un imán.
Sabiendo lo desconfiadas y bobas que son las ovejas, me siento
a contemplarlas en compañía de Nacho Gómez,
biólogo de la DGA que se ha unido a nosotros por unos días.
El rebaño nos envuelve mientras disparamos sin cesar la
cámara digital. Un tremendo macho cabrío se abre
camino con aire insolente, por lo visto no le suscitamos ningún
interés, gira la cabeza despectivamente y se dedica a husmear
la entrepierna de la cabra más cercana. ¡Sexo, es
sexo!.
Aquí el cordero es la estrella. Cordero joven, lechal o
de primer pasto, medito en lo excelente que es asado o guisado,
aunque me sería imposible matar a estos juguetones bebes
para comérmelos. Así pues, hablando con el pastor,
pasamos un apacible momento de conversación en plena naturaleza,
al tiempo que, y para nuestro asombro, una garceta se posa sobre
una oveja. Se dedica a desparasitarla comiéndose sus garrapatas,
mientras ella sigue pastando tranquilamente. Una imagen muy curiosa
que he contemplado numerosas veces en el Delta del Ebro.
Esta es la primera vez que buceamos río arriba de Aragón.
Sinceramente creo que el río está en mejor estado
aquí que en todas las áreas mañas que hemos
recorrido. Hay que tener en cuenta, sin embargo, la gran riada
que sufrió esta zona a principios de año. Verdaderamente,
ese aluvión de agua limpió el río de lodos,
árboles, y objetos de todo tipo, como contenedores de basura
o los habituales bidones de insecticidas o pesticidas que a él
aún se arrojan. Prueba del poder del río es la que
hallamos en la isla situada en nuestra zona de muestreo, sufrió
la acometida de la riada con una consiguiente subida de nivel
de 6 m.

Ya habíamos visitado este atolón, Rafa, Nacho y
yo, antes de que los buzos llegaran al área. El río
se abre en tres canales, en los cuales el calado es de 40 cm.
y el agua cobra velocidad formando rápidos. El del centro
se arremansa en una poza de unos 2 m. de profundidad en la que
distingo peces varados, un gobio de río y un barbo de 40
cm. En el agua, las carpas chapotean a la búsqueda de insectos
realizando espectaculares saltos mortales. Mi sorpresa es grande
al ver unas ranas que saltan al acercarme a la poza. Por desgracia
cada día es más difícil encontrarlas por
culpa de los depredadores, el cangrejo de río americano
se come sus puestas y renacuajos, las garzas y demás aves
del río que las consideran una exquisitez, por no hablar
de los humanos que las cazan para su consumo.

Nacho me muestra un pequeño camarón de río
(Atyaephyra desmaresti). Sabía de su existencia, al contarme
un parroquiano el exorbitante precio al que se pagan (180 ¤.
el kilo). Considerados una exquisitez por estas tierras, son capturados
mediante una fina red y limpiados de algas, y demás detritus,
uno por uno, con un pincel fino. El aumento de población
de esta curiosa especie de camarón dulceacuícola,
en una prueba del mejor estado del biotopo tras las riadas de
este año.

Las riadas han arrastrado enormes masas de vegetación y
gigantescos tocones de más de 2 m. que han quedado prácticamente
empotrados contra los árboles que pueblan la isla. Forman
verdaderos muros que al bajar el nivel del agua han dado a la
isla un aspecto caótico y desolado. Las graveras, limpias
y plenas de cantos rodados blancos, contrastan en la ribera de
la isla con su aspecto pulcro y aséptico. El sol, implacable,
cae a plomo sobre estas áreas pedregosas y hace que pasearse
por ellas sea como estar metido en un microondas. La reflexión
de la luz en las piedras produce un curioso efecto espejo, que
te da la sensación de que el sol te irradia en todas las
direcciones.
Este es un lugar sin acceso desde las escarpadas orillas, que
se mantiene solitario y nada o muy poco visitado, donde pasamos
unas horas recordando como debía ser nuestro bien amado
Ebro, hace muchos años.
Volviendo río arriba, hacia el área de muestreo
donde están los buzos, observamos atracadas en la orilla
un par de barquitas de color verde, amarradas a las orillas. Son
de unos 2 m. de envergadura por 1,20 m. de manga. Están
construidas de plancha de hierro de 2 cm. de espesor y son absolutamente
planas, de modo que a penas tienen 10 cm. de calado. ¡Deben
pesar una barbaridad!. Estas embarcaciones sin ningún tipo
de matrícula o identificación, son utilizadas por
los lugareños para la pesca o la caza, dependiendo de la
época del año.
Sin querer juzgar a nadie, o generalizar, la explotación
de los recursos del Ebro es una práctica sistemática
por parte de todos los habitantes de la ribera. Desde los siluros
río abajo, hasta los camarones aquí arriba. Esto
en cuanto a la pesca, la caza arrasa con jabalís, conejos
y todo tipo de aves de ribera. La falta de medios y el poco conocimiento
sobre el Ebro, son la causa del expolio sistemático al
que está sometido, además de las plagas de especies
alóctonas (mejillón cebra, cangrejo americano o
el siluro) importadas tanto intencionadamente, como no.
En fin, son unos días en el río siempre con un trasfondo
agridulce por su continuo deterioro y la alegría de un
encuentro anual, al que ya estamos completamente acostumbrados.
Tras terminar nuestro trabajo volvemos por última vez hacia
Arrúbal, donde las cigüeñas dominan esta Ribera
del Ebro, desde la torre de su iglesia barroca. Esta vez vamos
de nuevo hacia Escatrón, donde continuaremos unos días
más de muestreo, pero antes, volveremos de nuevo a Valderrobres.
¡Visita obligada en las campañas del río!
