Vuelta al Matarraña.

No recuerdo la primera vez que fui a Valderrobres, pero sí sé que en los años 60 el viaje era una verdadera odisea. Mi abuelo Armando empleaba dos días en llevarnos desde Barcelona hasta allí, a mi abuela y a mí, en una Vespa con sidecar.
La "iaia" Inés, de considerable envergadura, se instalaba en el sidecar mientras yo me sentaba en su regazo. Imaginad las largas horas de viaje con el sol de cara, embutidos en la "sabata" (zapato, en catalán, refiriéndome al sidecar) de camino por Teruel, absolutamente abandonado de la mano de Franco y cuyas carreteras ofrecían un estado más que lamentable.

La primera etapa nos llevaba hacia el Montsià (en el sur de Tarragona). Una vez cruzado l 'Ebre hacíamos noche en un hostal que todavía existe, en la carretera Nacional III, en el tramo de Amposta a Sant Carles de la Ràpita. Al día siguiente, ascendíamos por La Sénia hacia Teruel, ahí empezaban las curvas.

Mi abuelo Armando y yo en los 60'.


El secarral de olivos y almendros daba paso a pinos y una vegetación diferente algo diferente de la típica garriga mediterráeno, etimológicamente el nombre de esta población de 2000 habitantes viene de valle de los robles o vall deroures . La carretera de Fredes se perfilaba in sinuosa trepando por las agrestes montañas, fue diseñada por algún ingeniero de caminos de la época y todavía conserva un trazado ideal para nuestro campeón del mundo de rallies. No es en balde que la zona sea una de las preferidas de los amantes del moto-cross.
Para un niño que era ya entonces, la ansiedad personificada, la carretera era interminable. Solo la aparición de la curva, tras la que surgía con toda su magnificencia y sus 508 m de altura sobre el nivel del mar, Valderrobres, conseguía poner fin al tormento del largísimo y penoso viaje.

El pueblo en agosto era como un inmenso horno al que, por la gracia que poseemos los niños, yo era absolutamente inmune. Mi ansiedad se trocaba en un incontrolable deseo de ir al río. Las aguas del Matarraña ejercían una fascinación, ya por entonces, absolutamente carnal.

El lavadero y el puente de hierro.

Sin embargo, el trámite de instalarnos en la pensión era inevitable. Se alzaba en la Plaza Mayor con un encanto especial, con ese peculiar olor a piedra, era increíblemente fresca, ahí vivíamos durante la semana o la quincena de agosto de cada verano. Las plazas se reservaban con meses de antelación y por teléfono. Una conferencia por aquella época no era cosa de tomarse a broma. Por supuesto, no existían los prefijos y otras moderneces. Se solicitaba la conferencia a la operadora de la Telefónica (sí amigos, la misma Telefónica de hoy en día), y tras esperar a pie de teléfono hasta dos horas, sonaba el timbre y te lanzabas al aparato para ver cómo era la comunicación esa vez.

La pensión tenia un comedor completamente forrado de madera. A la hora de la comida nos acomodábamos en bancos de madera, sólidamente afianzados a la pared, alrededor de una mesa fijada al suelo. De este modo dispuestos, esperábamos la aparición de la camarera que aparecía vestida con el atuendo de "chacha": falda y blusa azul, con delantal blanco y con una blanca cofia almidonada.
Su total similitud con Gracita Morales, la eterna "chacha" de las películas españolas de los 60', y su voz estridente, la convirtieron en uno de los pocos personajes que aún recuerdo.
Las comidas, consistentes en verdura y carne, eran particularmente deliciosas los días en que se servía pichón. Palomas tiernecitas provenientes del tiro al pichón, cazadas con perdigones, que eran servidas en una salsa deliciosa.
El Mosén Viçens (el párroco) era otro personaje al que recuerdo vagamente. El olor a la sotana y su gran tamaño son vagas imágenes en mi memoria. De la iglesia no conservo recuerdo alguno, sin embargo tengo presente haberle despedido en el puerto de Barcelona cuando partió hacia las misiones del Brasil a bordo de un inmerso buque.
Existía un puesto de Correos y Telégrafos en el que un chico joven atendía un misterioso artefacto, del que salía una cinta con líneas y puntos. Este chaval leía Morse ante mi estupefacción, fue el primer criptógrafo que conocí. Hoy en día, el telégrafo es un sistema tan arcaico que puede causarnos verdadera risa. Sin embargo, en esos oscuros años, de la España Profunda y Franquista, de Guardia Civil y de Homenajes al Caudillo, era el Internet de los lugares perdidos en la Piel de Toro.

En realidad creo que Valderrrobres era un municipio rico. Todas las calles estaban empedradas y disponía de una tienda en la Plaza Mayor, saliendo de la pensión a mano izquierda. Se llamaba Casa Pallarés y ahí podías hallar de todo, especialmente aperos de labranza, candiles de hojalata, cepos para pájaros y sobre todo juguetes.
Los juguetes en aquel lugar eran como objetos de otro planeta. Los niños que llegaban en verano venían de Barcelona o Tarragona y yo por aquella época era un niño mimado y consentido por la iaia, por lo que no me relacionaba con ningún otro niño.

Pero el pueblo tenia mil lugares donde correr aventuras. En primer lugar estaba el castillo. Era una auténtica ruina, con multitud de rincones donde podías partirte la cabeza y un pozo en el que caer y desaparecer al momento. Yo acostumbraba a perderme entre sus ruinas poniendo a la "iaia" de los nervios. Por supuesto, tenia una leyenda:" La Mano Negra". Se contaba que una mano, evidentemente negra, te hacía desaparecer entre las mazmorras del castillo. Algo que a mis oídos era verdaderamente espeluznante.

La entrada a Valderrobres sobre el puente de piedra.


Otro de mis sitios preferidos era el aserradero, en él pasaba horas jugando con los recortes desechados de maderas. Envuelto en un halo de olores resinosos, consumía el tiempo armando aviones o coches, que inevitablemente tan solo eran visibles en mi imaginación.
La 'iaia" apaleaba la ropa en un lavadero público construido en piedra. Era un lugar fascinante adoptado como vivienda por algunos sapos de gran tamaño. El ruido de las palizas que la "iaia" propinaba a la ropa, era el telón de fondo de las desventuras a las que sometía a estos simpáticos batracios. Les convertía en pasajeros de mis imaginarios vehículos, los cuales casi siempre acababan colisionando en un onírico accidente con innumerables víctimas.

Valderrobres posee dos puentes espectaculares, con la lógica de la época se les bautizó como el Pont de Pedra (de piedra, claro) y el Pont de Ferro (por supuesto, de hierro). La habitación de la pensión daba justo a la fachada del Pont de Pedra. Allí, las aguas se arremolinaban en traidores remolinos, capaces de tragarse a vastos ejércitos. Pasaba horas viendo pasar el río a través de aquellas piedras centenarias. El éxtasis llegaba al ver una bolsa con gatitos debatiéndose en su interior, que alguien había arrojado a los asesinos remolinos. Los peces que allí habitaban estaban dotados de unas inmensas fauces con las que despedazaban a los aterrorizados animalitos. La verdad es que los niños a veces disfrutamos con cosas verdaderamente horrorosas.

El río, azul y de una transparencia que quitaba el aliento, según recuerdo, poseía innumerables pozas donde sumergirte y retozar. Los peces, que por aquella época eran tan abundantes que llegaba a atraparlos con las manos, despertaron en mí al depredador que todos llevamos dentro. El Matarranya, río que da nombre a la comarca, nace en Los Ports de Beseit para desembocar en el Ebro a la altura de Fayon (Zaragoza) La "iaia" ponía los pies en el río, los tenía planos y el agua fría le sentaba de maravilla: le reactivaba la circulación. Mi abuelo Armando jamás se bañaba (en el río). El agua jamás fue lo suyo, permanecía a la sombra de un árbol leyendo el periódico. La verdad es que las únicas personas que teníamos relación con el río éramos mi abuela y yo.

No tengo idea de la edad que tenia cuando conseguí llevar mi primera caña de pescar. Fue una experiencia que me marcaría para el resto de mi vida. La electrizante sensación de tener un pez en el extremo del sedal me cautivó desde el primer instante. Carpas y tencas eran mis habituales capturas. Por supuesto esto hizo variar la dieta carnívora a la que nos sometían en la posada. Pescadito frito fresco del día para cenar. Aunque no era muy de mi agrado, me sentía muy orgulloso de comer algo que yo mismo había capturado.

Pasaba largas horas sentado al pie de mi caña. La "iaia" incluso me compró una cesta de pescador. Mi trasero ha crecido, pero todavía me acompaña en mis jornadas de río. La verdad es que la 'iaia" siempre está en mi memoria y pienso que me cuida desde el cielo, donde estará dándole la tabarra a mi abuelo.

En la zona habitaban culebras de gran tamaño. Las "bichas", según Armando, eran de considerables dimensiones. Algunas de más de un metro se deslizaban voluptuosamente sobre su barriga, sin el mas mínimo temor ante nuestra presencia. A veces una conmoción en la superficie del agua anunciaba el desarrollo de un drama subacuático, en el que un pez caía atrapado en las fauces de esos viscosos y temibles reptiles.

El río tenia carácter. De vez en cuando soltaban agua de la presa, situada río arriba. Entonces, por arte de magia, se convertía en una turbulenta en incontrolable bestia que arrastraba troncos y ramas. Nos replegábamos en sus seguras orillas y contemplábamos esa demostración de fuerza y poder, en la que nada podía resistirse a su arrollador empuje. Evidentemente, a mis ojos de niño, la furia del río era producto de mi desbocada imaginación.

No estaría bien terminar este repaso a mis recuerdos sin un final feliz. El sabor dulce de la torta que preparaban en el horno de Valderrobres, puede ser el colofón ideal para un niño, que tras treinta años volvió a sus empedradas calles hace poco. El horno sigue en el mismo sitio y su torta sigue siendo excelente y con el mismo inconfundible sabor azucarado. La pensión, los puentes, la lonja y el lavadero, se conservan impecables gracias a la gente que allí vive, y que con el mismo ademán amable mantienen este maravilloso pueblo de Teruel.

Podéis ampliar información sobre la zona en:

http://www.encomix.es/~valderro/mac/ns4index.html

© by Toni Romero 2002 - Serveis Integrals Subacuatics, S.L.

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