BUCEO EN EL PAIS VASCO

Nuestra colaboración con el periódico Buceo 21 se inició a principios del 2001. Fruto de esta vigorizante y fructífera relación hemos iniciado un periplo por las aguas del Cantábrico, hasta ahora desconocidas para nosotros y que os narraremos en tres entregas. Nos encontramos con muchas sorpresas (de lo más interesantes) y tuvimos la suerte de convivir en el País Vasco, un lugar maravilloso y de gran riqueza cultural, con una gente estupenda que nos acogió con los brazos abiertos. Una de nuestras mejores experiencias, agradecemos desde aquí la inestimable ayuda y la gran atención que nos han prestado para realizar este reportaje.

La primera visión que recuerdo del Cantábrico se remonta al año 85 cuando visité Xijón gracias a una beca del Ministerio de Cultura. Durante mi estancia persistieron las aguas grises y agitadas y para postre no pude realizar ninguna inmersión por la apretada agenda que nos tenían preparada. Espero volver pronto a Asturias para disfrutar de su rico litoral y poder completar la zona comprendida entre Guipúzcoa y Galicia.

El viaje, en compañía de Sonia, lo realizamos en tren. A un precio módico puedes abordar un coche cama que te recoge en Barcelona por la noche y te deja a la mañana siguiente en Donosti. Un modo cómodo y fácil de acercarse a Euskadi.

Nos recibe Natalia de Buceo 21 y nos lleva directamente a Zarautz, al centro de buceo K-Sub. Su director Ignacio San Miguel va a ser nuestro cicerone durante estos días. Por la tarde iniciamos nuestra andadura. La rutina previa al buceo es igual en todo el mundo, cargar con el equipo y acercarse al agua sigue siendo tan pesado como siempre. En la embarcación, en compañía de buceadores desconocidos y que hablan otro idioma, gozo con la visión de esas nuevas aguas que se deslizan a varios centímetros de las bordas con el fluir fácil y la tonalidad verde característica de la zona.

Al zambullirme lo primero que llama mi atención es la agradable temperatura, 21ºC. Desciendo expectante por el cabo del ancla y ante mi se descubre un tapiz de algas pardas meciéndose al ritmo del mar de fondo. A un metro del fondo estabilizo mi flotabilidad para quedarme ingrávido y preparar la cámara de vídeo. En pleno chequeo se me acerca el resto del grupo y comandados por Ignacio iniciamos un recorrido abierto en un frente de varios buceadores, cubriendo así una gran extensión del fondo.

No veo peces, no hay grandes ejemplares pero sí abundan lábridos como el tordo (Sympodus roisali), julias (Coris julis) y vaquetas (Sympodus maditerraneus) engalanadas con su virulencia cromática. El fondo desciende suavemente formando quebradas y voladizos invadidos por las gorgonias de la especie Lopogorgia lusitanica, contemplo por primera vez cómo adquieren sus tonalidades rojizas a la luz del foco. Las ya habituales (para mí) Eunicella verrucosa, de color blanco, son captadas por mi cámara con todo el esplendor de sus pólipos a la caza de partículas en suspensión.

El substrato rocoso está cubierto de algas rodofíceas. La Gelidium sequipedale, la más representativa, está perfectamente adaptada a los fuertes oleajes de la zona y prolifera en detrimento de las poblaciones de otras especies como la Dictyota dichotoma o la Ulva SP. Por ello la dominante es la tonalidad parda, la geldium adquiere un importante valor comercial por la riqueza de derivados que de ella se extraen, entre ellos el agar (agar-agar).

Todo es movimiento, un constante mar de fondo nos mece en un dulce ir y venir. Buzos, peces y algas bailamos al son de las olas profundas que se acercan desde muchas millas de distancia, cruzando el azul para morir en esta costa maravillosa que hoy se abre generosa de visibilidad ante nuestros ojos. Me siento muy cómodo en compañía de esta gente, en estas aguas que ya no son extrañas. Es cierto, el buceo es un ente internacional que nada sabe sobre idiomas: una vez en el agua todo el mundo se entiende.

Y así desfilamos sobre tortuosas formas de piedra, en las que pulpos y escórporas reciben la visita de este disparatado grupo de personas, armadas de metal y neopreno, con el objeto de robar un precioso tiempo a la tumultuosa vida cotidiana de las profundidades. En la cadena del ancla todo son sonrisas, este es el lógico resultado de una inmersión de más de 1 hora a una profundidad máxima de -17m. Una cómoda y tibia zambullida en el Cantábrico llena de nuevos seres que fotografiaré en los próximos días en compañía de mis nuevos amigos.

Al día siguiente Ignacio se dispone a monstrarnos una zona de cuevas intercomunicadas a muy poca profundidad. Nos lleva más de media hora llegar a la zona de inmersión, entre Zarautz y Donosti. El paseo es muy interesante, la orografía rotunda y abrupta se impone en fuertes pendientes rocosas que se precipitan hacia el mar, dando a la costa de Guipúzcoa ese carácter tan recio. El agua proveniente de las montañas se desliza formando una patina gigantesca que reluce con los rayos del sol y crea la falsa sensación de que las lajas son espejos. Tal exuberancia concede a estas escarpadas costas una frondosa vegetación y la certeza de que la vida late bajo ellas.

A pie de un ciclópeo acantilado y a una distancia prudencial de la costa largamos con celeridad el ancla mientras nos apresuramos en la rutina de los trajes y botellas. En el agua hallamos de nuevo el fondo cubierto de Gelidium parda y como comprobaremos en toda la inmersión, constantemente mecida por la mar de fondo. Desfilamos alineados en dirección a la costa en búsqueda de las cuevas.

Su inicio se halla a - 5 m. de profundidad, una grieta alargada y angosta da paso a una sala bastante espaciosa iluminada por los numerosos agujeros del techo. Las paredes son lisas y carentes de vegetación, en gran medida por la acción mecánica del mar. El suelo está sembrado de rocas con cantos rodados, impacta imaginar la tremenda erosión que origina la corriente y el efecto que éstas producen al ser impulsadas por el temporal contra las paredes de las cuevas, de ahí su particular forma roma y curvada.

Así pues en fila india recorremos una serie de pasadizos, siempre zarandeados por ese mar en el que sólo los peces consiguen conservar su ingravidez. Salimos a aguas libres tras nadar unos 500 m. y giramos hacia mar abierto. De nuevo más cañones, los recorremos dejando a nuestro paso las pinceladas de color de nuestras luces. Bancos de anchoa pasan a medias aguas jugueteando con nuestras burbujas, vistas al contraluz son como flechas de plata disparadas por millones de arcos. Todo esto sucede sobre nuestras cabezas. Ignacio no para de repetir al grupo que mire hacia arriba, sin embargo la norma general es que un buceador mira siempre hacia los lados o hacia abajo.

Los cañones poseen zonas de vida esciófila, esponjas incrustantes, pólipos (Parazoantus axinellae), algas calcáreas (Mesophyllum lichenoides y Pseudolithopyllum espansum ) y alguien que me resulta familiar, la vaquita suiza (Peltrodoris artromaculata), un nudibranquio común en el Mediterráneo, aunque aquí me parece de mayor tamaño. Múltiples ejemplares de Gallanos (Labus bimaculatus) nos saludan con su característico dicromatismo sexual y aparecen los primeros ejemplares de Fanecas (Trisopterus luscus) de la familia gadidae, como nuestra brótola de roca (Phiscys piscys) común en el Mediterráneo. Ambas especies viven en zonas con poca luz, las fanecas que aquí encontramos son de tamaño reducido, de unos 15 cm. ya que los ejemplares grandes se hallan a profundidades entre - 50 y - 100 m. Al contrario de la brótola que vive en solitario las fanecas forman grupos bastante numerosos, es un pez magnífico.

En algunos de los cañones el suelo es de arena y no precisamente yerma. Gobios de boca roja (Gobius cruentatus) los habitan en compañía de pequeños primitas(Callionymus lyra) perfectamente mimetizados. Sólo se delatan al acercárseles un buceador, salen disparados al paso de esa gigantesca y amenazadora mole negra. Volvemos hacia la superficie y hacemos la parada de seguridad en unas peñas plagadas de pequeños gobios y momas (Parablenius gattorugine y Parablenius pilicornis). Los blenios son los peces más divertidos que conozco. Siempre juego con ellos utilizando mi dedo de señuelo, al verlo enfundado en un guante lo confunden con otro ejemplar de su especie y se lanzan hacia él mordiéndolo implacablemente, deben alejarlo de su territorio. Siguiendo con los juegos palmeo la superficie de la roca para liberar las partículas que quedan en suspensión, son la delicia de julias y vaquetas que comen entre mis dedos ante la mirada atónita de algún que otro compañero.

Las inmersiones se suceden día a día, en ellas descubro las especies análogas con el Mediterráneo y sus variedades autóctonas de peces. Para mi sorpresa el Cantábrico resulta muy familiar, disculpad mi ignorancia pero desconocía que lo habitaran tantos invertebrados comunes.

Una de mis zonas de rigor son las escolleras de los puertos. Aprovechando que Ignacio está impartiendo Open water´s en el puerto de Getaria decido realizar una incursión en el exterior del rompeolas. El agua ostenta esa típica coloración marronácea no exenta sin embargo de riqueza marina, hecho que compruebo desde la misma superficie mientras me coloco el equipo. En la zambullida bandadas de sargos se cruzan entre mis aletas. Una vez en el fondo de lodo fino recorro el exterior del muelle en dirección a la bocana. Gorgonias recubiertas de polvo y salmonetes de considerables dimensiones son sus principales habitantes. Entre las grietas observo a las fanecas, cómo se mueven entre el juego de luces y sombras que se crea entre los bloques de hormigón. No veo en las paredes mucha muestra de vida bentónica (algas o esponjas), sin duda por la gran cantidad de polvo en suspensión.

Llego a la bocana y sigo recto hacia el oeste orientándome con la brújula. Oigo pasar por encima de mi a los pesqueros y pequeñas embarcaciones, siento su resaca como un constante batir en el estómago. El lugar es un maremagnum de desechos, restos de palangres, cabos y cables de metal retorcido, nasas, cajas de madera y neumáticos. Siempre busco en zonas como esta, es habitual encontrar curiosidades. Esta vez tengo suerte, una inmensa caracola de 30 cm. aparece enredada entre los restos de un trasmallo, la libero con delicadeza y la alejo de su trampa mortal. Es una Charonia rubicunda, muy habitual en la zona, se alimenta de erizos, estrellas de mar y cohombros.

Inmensos depósitos de conchas vacías siembran el suelo del exterior del puerto, restos de almejas y peonzas en compañía de mejillones, son el lugar elegido por los pulpos para construir sus ranchitos. Sus ojos saltones me observan desde el interior de su morada. En esta parte de la escollera el agua se aclara, pasa a ser más azul. Bandadas de bogas y anchoas se abren al verse atacadas por las lubinas, contemplo su espectáculo mientras permanezco al acecho entre las rocas. Fascinado por tales visiones inicio el camino de vuelta en el que volveré a perderme (como es habitual). Esta vez saldré a más de 200 m. del punto de inicio habiendo disfrutado de un maravilloso paseo por la arena en el que he fotografiado a variedades de peces planos y más pulpos.

el Ratón de Getaria

Esta montaña forma una pequeña península en la que queda protegido el puerto de Getaria, pueblo de pescadores y debe su nombre a su forma tan caprichosa. Es uno de los puntos más visitados por los buceadores noveles. Durante mi estancia lo he frecuentado varias veces (en él se han realizado todas la fotografías en macro del artículo "Los colores del Cantábrico" y en particular una de las fotos más interesantes de este viaje). Es especialmente rico en invertebrados y pequeños crustáceos. Pero no os avanzo más detalles, dejadme que os cuente la inmersión.

Una vez al pie del Ratón fondeamos a una distancia prudencial de la costa para descender a -7 m. donde se despliegan una serie de barras paralelas a la costa. Alcanzan los dos metros y aglutinan gran variedad de especies bentónicas, pulpos, esponjas, anémonas, gorgonias, cangrejos y gusanos. Siguiendo hacia mar abierto ( hacia el oeste) y al alcanzar los - 17 m. se alzan grandes formaciones rocosas ricas en fanecas. En una de sus piedras localizamos langostas, rápidamente nos situamos a su alrededor para fotografiarlas y observarlas.

Al ceder el paso a un compañero me doy cuenta de que una de las numerosísimas holoturias se alza erguida sobre el fondo. Tengo dos referencias sobre este comportamiento, una de Costeau y otra de Manel Gil, ambos narran como un día al año todas las holoturias aparecen erectas para reproducirse. Me afianzo para fotografiar el momento mientras lanzo gritos por el regulador para avisar a mis compañeros. Con casi todos a mi alrededor la holoturia lanza un gran chorro de esperma, disparo la cámara. Todos aúllan como locos, yo el que más. He tardado casi toda mi vida en poder observarlo con la suerte añadida de llevar una cámara, tener película y una visibilidad razonable para poder inmortalizarlo. En la embarcación les cuento toda la historia y quedan fascinados. Hoy hemos compartido el mar con futuros buceadores que han sido ya testigos de una de las maravillas de la naturaleza que pocos han tenido el privilegio de disfrutar.

Amengual

Así bautizaron la zona tras una anécdota acaecida durante la celebración de un campeonato de pesca-sub. Fue tal la cantidad de lubinas que llegó a sacar este legendario pescador, en este punto de inmersión entre Zarautz y Getaria.

El último día de nuestro viaje lo visitamos en compañía de Pachi, instructor del K-sub. Pachi ha demostrado durante todos estas jornadas de agua ser una persona excelente. A pesar de las innumerables inmersiones siempre hace gala de un humor excelente y está dispuesto a echarte una mano en lo que sea necesario.

Pues en compañía de este hombre y varios buzos más nos dirigimos hacia el Amengual. La eterna mar de fondo nos mantiene en movimiento mientras rematamos la rutina previa al buceo. Pachi nos describe la zona y formamos los equipos. Amengual es una barra rocosa de varios metros de altura sobre un fondo de arena, que discurre paralela a la costa. En la zona que la separa del litoral es muy posible encontrar torpedos (Tormedo marmorata). Estoy muy interesado en grabarlos en vídeo ya que aún no he conseguido ver ninguno.

Una vez en el agua me llevo una desagradable sorpresa. El foco se ha descargado, probablemente se ha puesto en marcha con el zarandeo del viaje. !Me pongo como las cabras!. A pesar de todas mis precauciones estoy en aguas oscuras y sin luz. El agua está bastante turbia y mis compañeros me indican que quieren volver hacia las rocas (la arena no es su fuerte).

Lo encuentro encajada entre dos piedras, sólo sobresale su cola en forma de tiburón, es un animal majestuoso. Tengo que conseguir que cambie de posición pero no puedo ignorar que los torpedos generan voltajes de hasta 200 voltios por lo que intento que salga acariciándole la cola.

Nada que hacer, se niega y la dejo en paz. Maldiciendo mi mala suerte continuo en la barra a la búsqueda de nuevos actores para mi película. Pero la inmersión ya se ha torcido, tengo frío y dolor de cabeza (he comido como un salvaje al mediodía) y no disponer de una fuente de luz ha disipado mis ansias de rodar. Indico a mis compañeros que salgo a la cercana superficie. Mientras compruebo en la zodiac si ha entrado el agua en el foco, uno de los compañeros, Ramón, señala hacia el horizonte indicando movimiento. !Delfines!. Centenares de delfines están saltando en la mar. Dos buzos aún están en el agua y la adrenalina se apodera de la tripulación. Pachi pone en marcha la embarcación y da dos vueltas a todo motor. Los buzos salen a superficie, los alzamos prácticamente en vilo y salimos disparados hacia los delfines.

Son enormes, oscuros y llenos de cicatrices de combates en mar abierto. Juegan en la proa delante de Zarautz. Me equipo para filmar en apnea (nada más natural) y me lanzo por la borda con la cámara y la zodiac en marcha. El delfín gira, me mira y desaparece en el azul. Estallo en un grito de alegría, es la primera vez que veo un delfín salvaje dentro del agua. Abordo la zodiac y los seguimos en una loca persecución, no sé por parte de quién. Los delfines se han dividido en dos grupos, los enormes machos nos incitan a perseguirlos mientras que la hembras y las crías reaparecen a media milla a babor. En la costa la gente nos mira estupefacta, imagino que semejante acoso les parecerá una locura, pero poco importa a los pasajeros de la zodiac, Pachi la conduce como si fuera uno de los delfines. Instalamos la pesada cámara en la proa y ruedo a ras de agua mientras me sostienen cuatro manos vascas y amigas. El agua me salpica, las sacudidas de la zodiac me hace temblar todo el cuerpo, pero persisto en intentar captar a estos magníficos seres en vídeo.

Tras más de una hora volvemos a puerto. Todos hablamos por fin el mismo idioma, el mar nos ha hecho hermanos. Las sonrisas y la certeza de haber vivido algo fuera de lo común para el resto de los mortales nos hace sentir distintos. No me refiero a más importantes, al fin y al cabo somos peores que los delfines, pero compartir unos instantes de nuestra vida con ellos no tiene comparación con nada en el mundo.

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